Con un buen pronóstico de heladas, mantener el suelo con suficiente agua (riego) el día previo a la helada facilitará la mayor acumulación de energía del suelo que será liberada en la noche.
INIA-GRAS -Programa Nacional de Investigación en Producción Citrícola- difundió recomendaciones sobre cómo prevenir el daño que las heladas causan en la citricultura.
DAÑO EN EL CULTIVO. El daño producido por las heladas se puede dar en los cítricos -como es bien conocido- en las hojas, brotes, ramas grandes y pequeñas y frutos.
El daño en los frutos frecuentemente es motivo de descarte para la exportación de esa fruta.
El daño en los tejidos vegetales es consecuencia no solo de la magnitud en la disminución de la temperatura, sino también de la duración de la temperatura por debajo de 0°C.
PRINCIPALES PRÁCTICAS PASIVAS. Al comienzo del período de heladas en Uruguay, surgen frecuentemente consideraciones en el control de heladas que no están relacionadas con un año en particular sino con situaciones más estructurales como la localización del predio, su topografía y el diseño de las plantaciones de cítricos.
El riesgo de daño por helada aumenta a medida que las plantaciones se realizan por debajo de 45 m sobre el nivel del mar.
Conviene diseñar la plantación en relación con la topografía, que evite la acumulación de aire frío, facilitando así el flujo del aire sobre la superficie del suelo. También evitando cualquier obstáculo físico que limite este drenaje de aire. Se debería de tener en cuenta también durante el diseño de la plantación, el momento de madurez de la fruta en relación al período de heladas y a la posición topográfica de las plantas dentro del predio.
Con esto se busca no tener fruta madura para cosechar en los sitios de mayor incidencia de helada dentro del predio.
PRINCIPALES PRÁCTICAS ACTIVAS. Existe a nivel nacional y mundial instrumentos para mover masas de aire dentro de la chacra, aunque no son frecuentemente usados en nuestra citricultura.
Adelantar la cosecha y disminuir la cantidad de frutos cercanos al suelo son prácticas culturales frecuentes en Uruguay. La acumulación de energía en el suelo con agua es mucho mayor que la energía del suelo seco, energía que se liberará en la noche de la helada, disminuyendo así el daño.
En consecuencia, teniendo un buen pronóstico de heladas, mantener el suelo con suficiente agua (riego) el día previo a la helada facilitará la mayor acumulación de energía del suelo que será liberada en la noche.
En nuestra citricultura no es frecuente la aspersión de agua sobre la planta, como sí es frecuente en otras áreas citrícolas del mundo.
La experiencia previa para determinar zonas con mayor riesgo de heladas en la propia chacra es imprescindible.
Hay productores que llevan un seguimiento de datos de forma manual y generan gráficas de temperaturas a nivel predial para determinar cuándo actuar.
Contar con un buen pronóstico de heladas es muy útil.
DÓNDE OBTENER INFORMACIÓN.
INIA-GRAS cuenta con una red de estaciones agrometeorológicas que permite ver la evolución horaria de la temperatura del aire en diferentes puntos de Uruguay.
También INIA-GRAS ha desarrollado una herramienta de pronóstico nacional de temperatura mínima a nivel de superficie del suelo y en el aire (a 2m de altura).
Desde el momento en que se desarrolla una nueva variedad los investigadores de INIA pueden contribuir a reducir los agroquímicos que se usarán en toda la cadena.
Para cuidar el ambiente, asegurar la inocuidad de los alimentos y garantizar el acceso a los mercados de exportación, en Uruguay hace muchos años que el Instituto Nacional de Investigación Agropecuaria (INIA), el Ministerio de Ganadería, Agricultura y Pesca (MGAP) y el sector citrícola trabajan en conjunto para reducir el uso de agroquímicos en todas las fases de la producción, lo que implica un proceso que va desde que se desarrolla una nueva variedad hasta que llega a la mesa de los consumidores.
Desde el momento en que se desarrolla una nueva variedad los investigadores de INIA pueden contribuir a reducir los agroquímicos que se usarán en toda la cadena. Mediante el mejoramiento genético trabajan para seleccionar cítricos que reúnen características de interés para el productor y para el consumidor, como ser la resistencia a enfermedades.
“No hay variedades perfectas, que tengan todas las cualidades. Y si las hubiera no serían rentables porque todos los productores las plantarían y la sobre oferta haría que bajen mucho de precio. Pero sí hay características que son necesarias y muy buscadas, por ejemplo, la resistencia a enfermedades. Es más, es determinante para que una variedad pase o no a una siguiente etapa cuando hacemos la selección en el campo. Y los productores también atienden a eso, porque un cítrico susceptible a problemas sanitarios les implica costos extra”, señaló el Ing. Agr. Fernando Rivas, director del Programa Nacional de Citricultura de INIA.
Una vez desarrollada la variedad, pasa por un meticuloso proceso de “desinfección” que se enmarca en el Programa Nacional de Saneamiento y Certificación de Citrus, liderado por INIA, el Instituto Nacional de Semillas y el MGAP. Esto permite que los productores accedan a plantas libres de enfermedades trasmisibles por injerto y evitar así su dispersión.
Luego el desafío continúa a nivel de campo. “Desde la investigación no trabajamos enfocados en el control de las enfermedades mediante el uso de fungicidas, sino a través de medidas que minimicen el riesgo de que ocurran los problemas sanitarios para no tener que usar tantos químicos”, enfatizó la Ing. Agr. Elena Pérez, experta en fitopatología de INIA.
La experta detalló que el instituto está estudiando el uso de barreras físicas naturales, como el pasto que hay entre las filas de cítricos o sembrando gramíneas y leguminosas que se cortan y colocan debajo de los árboles como cobertura, evitando que los hongos que sobreviven en el suelo lleguen a las plantas a través del viento o salpicaduras de agua. También trabaja en el desarrollo de un modelo predictivo para una enfermedad que causa lesiones sobre la fruta de forma de alertar a los productores y que apliquen los fungicidas solo cuando hay riesgo de infección.
Aportando al mismo objetivo, INIA investiga alternativas para el control de tres plagas de riesgo actual y potencial para la citricultura: la mosca de la fruta, el taladro de los cítricos y el HLB.
“El control de la mosca de la fruta requería de repetidas aplicaciones de agroquímicos. Por eso, en INIA empezamos a estudiar el trampeo masivo como opción sustitutiva y hoy los productores que lo usan pueden hacer un 70% menos de aplicaciones”, dijo el Ing. Agr. José Buenahora, investigador que lidera los estudios entomológicos en INIA Salto Grande. Esta herramienta consiste en colocar trampas con atrayentes alimenticios en el predio para capturar y matar las moscas y así reducir sus poblaciones.
Conjuntamente, el instituto está abocado al principal problema sanitario de la citricultura mundial que es el HLB, una enfermedad sin cura hasta el momento que ya se reportó en países vecinos como Brasil, donde generó daños muy severos, y en Argentina, pero que aún no se encuentra en Uruguay, donde sí está el vector que la produce, Diaphorina Citri. Ante esto, INIA asumió una actitud preventiva desde 2006 y entre otras alternativas comenzó a investigar el control biológico, es decir, insectos que operen como enemigos naturales del vector para bajar sus poblaciones.
Tras un extenso proceso que implicó el reporte del enemigo natural, un insecto llamado Tamarixia radiata, y el ajuste de su cría a las condiciones locales, en 2022 el instituto logró liberar los primeros 60.000 parasitoides producto del centro de cría situado en INIA Salto Grande.“Es un paso importante que involucró al MGAP, a la Universidad de la República y a los productores. Ahora estamos alistando la infraestructura que falta para poder realizar la liberación masiva en la próxima primavera-verano-otoño, con todo lo que eso implica”, dijo Buenahora.
Una vez que se arranca la fruta del árbol el reto para la citricultura es lograr que los productos lleguen frescos y en condiciones a destinos como Europa, Asia y Estados Unidos luego de entre 30 y 60 días de traslado. Estos mercados exigen bajos residuos y un número reducido de diferentes productos químicos, por eso todas las medidas que se hayan puesto en práctica desde el mejoramiento genético en adelante redundarán en menos problemas durante la postcosecha y, por lo tanto, menos uso de químicos para evitar el deterioro por enfermedades en el traslado.
“Para que las herramientas alternativas al uso de químicos funcionen mejor hay que pensar en medidas de manejo desde el campo para reducir las enfermedades que llegan a la planta de empaque. Antes se aplicaban casi seis o siete fungicidas en la postcosecha y hoy solo dos o tres, y cada vez menos. A la fuerza o por convicción, dependiendo de cada empresa, las aplicaciones han ido bajando de forma importante”, valoró la Ing. Agr. Joanna Lado, investigadora de Calidad y Postcosecha en INIA.
El trabajo del instituto en postcosecha se centra en dos grandes áreas. Una apunta al manejo integrado de las enfermedades de esta fase productiva que provocan que el fruto se pudra y la otra a reducir las manchas en la cáscara ocasionadas por las bajas temperaturas de almacenamiento. A través de la articulación con las empresas productoras, es posible poner en práctica estas líneas de investigación a nivel comercial, adaptando la tecnología y el conocimiento de INIA a las condiciones de cada una.
Mirando al futuro, los investigadores de INIA coincidieron en que, para mantenerse competitiva, la citricultura uruguaya va a requerir diferenciarse y la inocuidad será clave. “Siguiendo las tendencias, de aquí a 10 o 15 años la meta debe ser el producto cero residuos, pensando en el consumidor, en el ambiente y en los mercados. La competencia es grande, cada vez son más los países que producen y Uruguay es chico, por lo tanto, debe diferenciarse para que el producto que venda tenga mayor valor. Eso es lo que nos exigen los mercados y es lo que estamos haciendo desde INIA: investigar y generar soluciones para alcanzar un producto con valor agregado económico, ambiental y social”, concluyó Pérez.
“Entre el 20% y el 25% de la carne bovina que produce Uruguay se consume internamente y entre el 75% y el 80% se exporta. Este último dato no es menor si consideramos que, de toda la carne bovina producida en el mundo, solo entra en el circuito de exportación entre el 15 y el 18%», dijo el Ing. Montossi de INIA.
El 29 de mayo se celebra en Uruguay el Día Nacional de la Carne en conmemoración del primer viaje del buque Le Frigorifique a través del Atlántico llevando carne congelada del Río de la Plata a Europa en 1876. A través de los años los productores, la industria, la ciencia y la tecnología han trabajado para mejorar el producto y su proceso de elaboración en pos de mantenerlo competitivo en el concierto mundial, donde el país se ubica en el octavo lugar como exportador y séptimo como consumidor de carne bovina.
“Entre el 20% y el 25% de la carne bovina que produce Uruguay se consume internamente y entre el 75% y el 80% se exporta. Este último dato no es menor si consideramos que, de toda la carne bovina producida en el mundo, solo entra en el circuito de exportación entre el 15 y el 18%. Llegamos a más de 100 mercados con este producto, eso determina que estemos expuestos a las exigencias de los consumidores internacionales y que la estrategia productiva, de exportación y de diferenciación del país sea relevante”, manifestó el Ing. Agr. Fabio Montossi, investigador del Programa de Carne y Lana del Instituto Nacional de Investigación Agropecuaria (INIA).
El Ing. Agr. Gustavo Brito, investigador del Programa de Carne y Lana de INIA, añadió que “Uruguay es el país que más carne vacuna exporta per cápita considerando a todos los países del mundo y, a la vez, es el segundo que más carne exporta por habitante contemplando todas las carnes”.
En referencia a la calidad del producto, el Ing. Agr. Santiago Luzardo, investigador del Programa de Carne y Lana de INIA, explicó que “es un concepto muy amplio que puede variar entre los consumidores. Abarca características intrínsecas del producto, como el color, la terneza, la jugosidad, el sabor y el olor, pero también aquellas asociadas al proceso de producción, como cumplir con protocolos de bienestar animal o con el cuidado del ambiente”. En el caso de Uruguay, el experto explicó que “una prueba fehaciente de la calidad de la carne es que exportamos a decenas de mercados. Si no cumpliéramos con los estándares más altos se cerrarían muchas puertas, si bien siempre hay espacio para mejora”.
“El producto que vende Uruguay tiene una calidad muy buena y reconocida”, afirmó Brito. Explicó que hay importante información generada por INIA que muestra que el tipo de carne que se exporta, independientemente de si el sistema productivo donde crece el ganado es a pasto o a corral, asegura la terneza. Asimismo, que los animales se alimenten en su mayoría a base de pasturas “garantiza una mejor composición de la grasa de la carne y un beneficio nutricional mayor para el consumidor”.
La calidad de los procesos es otro ítem clave para garantizar la presencia y la credibilidad de la carne uruguaya en los mercados. “No solo vendemos carne, también confianza, y eso se logra a través de una marca país y de procesos de certificación basados en datos robustos que avalen cómo producimos. Para generar esos datos robustos y objetivos es fundamental el aporte de la ciencia y de institutos como INIA”, señaló Montossi.
En Uruguay existen diversas certificaciones asociadas a los procesos de producción que incluyen diferentes aspectos tales como el bienestar animal, la raza del animal con el desarrollo de marcas y el tipo de producción. “Eso está cada vez más certificado y regulado, y cuando una certificación se pone en marcha requiere el respaldo de la ciencia y la tecnología para ser creíble y aceptado por los mercados”, dijo Montossi.
En el caso de INIA, según explicó Brito, “la contribución científica en términos productivos comienza en el primer eslabón de la cadena, con el Programa de Mejoramiento Genético, donde se evalúan características carniceras que están asociadas al rendimiento y la calidad. A eso se suma el estudio de los sistemas de alimentación para saber cómo inciden en el rendimiento carnicero y finalmente se investiga cómo la genética y el sistema de alimentación repercuten en la terneza, la composición de ácidos grasos, la jugosidad y otros atributos de la carne”.
Junto con la industria frigorífica INIA también ha trabajado en un protocolo en miras a una certificación de carne de producción ecológica y con el Instituto Nacional de Carnes y el Ministerio de Ganadería, Agricultura y Pesca en la definición de las buenas prácticas de manejo animal desde el embarque hasta que el producto arriba a destino. Asimismo, hay líneas de investigación orientadas a mejorar la vida útil de la carne que se exporta enfriada y que suele tardar entre 100 y 120 días en llegar a la mesa del consumidor.
“El mayor diferencial que tiene Uruguay es la generación de confianza detrás de cada kilo de carne que produce y exporta. Somos un país creíble y eso se confirma por la forma en que hemos enfrentado las situaciones críticas. En pandemia no se detuvo la producción, la industrialización, la certificación, ni la exportación. Cuando apareció la aftosa lo declaramos públicamente y fuimos el primer país que volvió al mercado internacional una vez superada la crisis, inclusive generamos un proceso de trazabilidad individual que es ejemplo en el mundo. Somos uno de los países con menor riesgo de aparición de la vaca loca. En estos y otros hitos de la cadena cárnica hubo ciencia y tecnología detrás e INIA estuvo directa e indirectamente involucrado”, dijo Montossi.
Luzardo señaló que hay aspectos que se consideran diferenciales, pero en realidad son determinantes. “La inocuidad no es un diferencial porque no es una opción para el país, es lo que determina que acceda o no a los mercados. Lo mismo se piensa que podría ocurrir con el bienestar animal, en unos años no va a ser lo que te diferencie o algo por lo que se pague más, sino lo que te habilite a ingresar o no a los destinos”.
A nivel de mercado, la industria cárnica también debe contemplar las nuevas alternativas de proteína de origen vegetal y de laboratorio que han cobrado popularidad en los últimos tiempos. “Seguramente estos productos van a crecer y así lo demuestran los estudios, pero no están llamados a competir directamente con la carne premium uruguaya. Un país abierto no debería poner en contradicción que un consumidor pueda elegir una hamburguesa de proteína vegetal, una producida en un laboratorio o una de proteína animal de alto valor biológico. Es más, con una visión integral de la agroproducción, considero una oportunidad que Uruguay se posicione por exportar proteínas de origen vegetal de alta calidad”, afirmó Montossi.
Para el investigador, sin embargo, uno de los principales desafíos para aumentar el nivel de acceso a los mercados, pasa por temas sanitarios y arancelarios. “Este año se va a exportar un monto aproximado a 3.000 millones de dólares y cerca del 10% se va a ir en aranceles. Este es un tema pendiente en el que Uruguay debe trabajar en forma continua para reducir los aranceles y así poder entrar a ciertos mercados”.
Sobre eso apuntó que “es una tarea que está en la agenda priorizada y acordada de todos los agentes de la cadena cárnica y no se logra de un día para otro ya que requiere de acuerdos comerciales. Estamos hablando de un mercado altamente controlado, cuantificado y que depende de la negociación entre países. Si no se trabaja el lado comercial, se hace todo más complejo”. “Esto es trasladable a la carne ovina, que se posiciona en un segmento de alto valor dentro del mercado internacional de proteína animal y en donde superar exigencias sanitarias a la exportación de carne con hueso, contar con acuerdos comerciales preferenciales y tener una mayor oferta durante el año es altamente relevante”, dijo Brito.
En cuanto a la investigación, Montossi concluyó que el reto a futuro está en combinar temas complejos, como la rentabilidad y el agronegocio, el impacto en el ambiente, la salud y el bienestar animal. “Está claro que la visión integral, la comunicación y la certificación de estos procesos es clave en la generación de credibilidad y todo debe tener una sólida base científica. Para seguir siendo competitivos no sirve que seamos buenos en uno y malos en otros, hay que ser buenos en todos, y eso requiere de muy buena ciencia y tecnología con una visión integral”.
Todos los árboles del país importan y si bien el Programa Forestal de INIA tiene sede en Tacuarembó, los técnicos pasan muchas horas en la zona sureste.
La madera chipeada que exporta Uruguay es producida en el sureste del país, con una marcada participación de los departamentos de Rocha y Lavalleja. Al igual que en el norte y en el litoral, allí la actividad a escala comenzó tras la ley forestal de 1987, pero se diferencia en su producción porque no es liderada por empresas integradas, sino por productores y fondos de inversión que encuentran en la serranía una oportunidad y múltiples retos en los que el Instituto Nacional de Investigación Agropecuaria (INIA) ha debido trabajar para buscar soluciones.
“La forestación en el sureste está centrada en producir rolos que luego se chipean y se exportan a Europa y Asia para hacer celulosa. Históricamente se ha plantado la especie de Eucalyptus globulus y recientemente se ha incorporado el Eucalyptus smithii, ya que ambos generan una cantidad de pulpa de celulosa por metro cúbico de madera que hacen viable su exportación como materia prima”, explicó el Ing. Roberto Scoz, director del Programa Forestal de INIA.
Scoz detalló también que la producción en esta región es mixta. “Lo que más predomina es la ganadería por ser una zona típicamente de serranía con campo natural y la forestación surge como una oportunidad productiva adicional”. Además, destacó que tiene un área importante de suelos de prioridad forestal, pero es la zona menos ocupada en proporción a otras, por lo tanto, “es la que más espacio tendría para seguir creciendo”.
Por tratarse de productores y fondos de inversión, no cuentan con programas de mejoramiento genético propio como sí lo tienen las empresas forestales integradas que pueden autoabastecerse. Ante esto, la obtención de material genético para la región sureste se ha convertido en una de las principales necesidades y el aporte de INIA en ese sentido es clave.
“Tener programas de mejora genética para producir semilla comercial en la región siempre fue una demanda, ya que si no dependen mucho de genética externa. Además, cuando surgen nuevas plagas y enfermedades, por ejemplo, un hongo que empieza a afectar a los árboles, la herramienta para contrarrestarlo es generar materiales resistentes mediante mejora genética. Ahí entra INIA en el partido”, dijo Scoz.
“Todos los árboles del país nos importan y si bien el Programa Forestal de INIA tiene sede en Tacuarembó, pasamos muchas horas en el sureste”, resaltó el experto. De hecho, el programa de mejoramiento genético del instituto está fuertemente relacionado a las especies que crecen en la zona. Con globulus tiene un largo camino de trabajo y el smithii se sumó hace dos años por el interés que ha cobrado.
A nivel sanitario, uno de los principales problemas que afecta al Eucalyptus globulus es la Teratosphaeria, que hizo que se retraiga el interés por su plantación y que creciera el interés por la especie smiithi. Este movimiento en la demanda abrió dos líneas de trabajo para INIA, uno centrado en generar materiales resistentes a este hongo para el caso del globulus y otro en abastecer al sector con semilla comercial de la nueva especie de interés.
“No es siempre el caso, pero con la implantación de una especie nueva suelen aparecer nuevos problemas sanitarios y de adaptación que los traducimos en desafíos para la investigación y que estamos trabajando con mucho énfasis en el Consorcio Forestal conformado por INIA, el Laboratorio Tecnológico del Uruguay y la Sociedad de Productores Forestales”, manifestó Scoz.
El investigador también destacó las oportunidades y fortalezas de la producción en esta zona. “La actividad forestal tiene cuatro grandes aristas productivas en Uruguay: la celulosa, la madera aserrada, los troncos para exportación y con el sureste se suma la colocación en el extranjero de chips para producir celulosa en destino. Se podría decir que es un sistema que a escala macroeconómica genera un equilibrio valioso para el país y para el sector que se debe cuidar”.
Además, señaló que ve con buenos ojos las posibilidades que brinda la complementariedad de la ganadería con la forestación. “Esa combinación que en algún momento fue atractiva por lo económico, hoy también lo es por lo ambiental. Los árboles son aliados en la mitigación del cambio climático, por la fijación de carbono, y en el bienestar animal, ya que brindan abrigo y sombra al rodeo”.
La actividad recreacional de la zona también puede potenciarse con la forestación. “Plantar árboles que sumen a la diversidad del paisaje creo que es una oportunidad. Llevado a un caso simple, no es lo mismo hacer senderismo en un espacio con o sin árboles”, ejemplificó Scoz. Asimismo, reconoció que esta interacción “genera una sana presión sobre los temas ambientales que siempre están sobre la mesa en la agenda de investigación, no solo asociados al rubro forestal sino también al uso de la tierra en su conjunto”. “La discusión ya no pasa por ‘producción forestal sí, producción forestal no’, sino por ‘cómo la llevo adelante o teniendo en cuenta qué’”, señaló el referente, quien vio con buenos ojos el futuro de la región sureste forestal. “Mientras los precios y los costos se mantengan, es un negocio rentable que dinamiza la economía regional. Las consultas que recibimos muestran que nuevos fondos de inversión y productores empiezan a verlo como una posibilidad clara de generar renta adicional. Para la investigación el reto a futuro está en seguir sumando a la productividad y la sostenibilidad de un rubro de interés creciente y con un mercado bastante estable”, concluyó.
INIA y las sociedades de criadores son protagonistas en la mejora de la ganadería nacional en un proceso que pocos países del mundo han comenzado a recorrer en ganado vacuno lechero, de carne y ovinos.
La visión integral del animal en el sistema, las evaluaciones genéticas de larga data y la sinergia de la investigación con los productores son algunas de las cualidades que diferencian el trabajo que ha hecho Uruguay para que su ganadería progrese y sea más competitiva. También son las características que llamaron la atención de diferentes comitivas extranjeras de referencia que visitaron el país entre abril y mayo y que no dudaron en afirmar que “como máximo habrá diez países en el mundo que están haciendo lo que está haciendo Uruguay”.
El Instituto Nacional de Investigación Agropecuaria (INIA) es, junto con las sociedades de criadores, uno de los protagonistas en este tema, ya que es responsable de las evaluaciones genéticas que se realizan en el país en bovinos lecheros, de carne y ovinos. Mediante información productiva y genealógica que es relevada hace décadas los sistemas nacionales de evaluación genética estiman las diferencias esperadas en la progenie, es decir, el mérito genético que cada animal tiene para determinadas características de interés y que transferirá a su descendencia.
“Con las evaluaciones se provee la información para identificar a los animales que son genéticamente superiores en las características de interés económico y ahora también ambiental. Eso es de gran utilidad para las cabañas y los productores ya que disponen de información objetiva para seleccionar a los mejores animales para que sean padres de la siguiente generación y así contribuir al progreso de la producción a través de la genética”, explicó la Ing. Agr. Elly Navajas, investigadora principal de la Unidad de Biotecnología y del Programa de Carne y Lana de INIA.
Las características que se miden son las que tienen incidencia en aspectos productivos y en la calidad del producto, como ser el peso al nacer y al destete, el área del ojo del bife, la grasa intramuscular y el espesor de la grasa, la habilidad lechera, la fertilidad y el peso y diámetro de la lana, entre otros.
Sin embargo, con una visión anticipada de las demandas que actualmente exigen los mercados de alto nivel, desde 2014 en la Central de Prueba de Toros de la Sociedad de Criadores de Hereford INIA también comenzó a medir la eficiencia de conversión, es decir, a identificar los animales que producen igual, pero comiendo menos alimento; y a cuantificar el metano que emiten. Estas características son relevantes, entre otras cosas, por su contribución a la mitigación de los gases de efecto invernadero, y se miden además en varias razas ovinas en INIA La Magnolia.
Además de estas mediciones, INIA extrae muestras de ADN y cuenta con información genómica de los animales que, sumada a los registros de eficiencia y emisiones de metano, conforman una población de entrenamiento o de referencia para hacer selección. Ya está funcionando en Angus, Hereford y Holando, y permite que, a partir de una muestra de ADN de un animal, se pueda predecir su mérito genético.
“Con esa base de datos que denominamos población de referencia se traduce la información contenida en el ADN del animal en una estimación de su valor genético para las diferentes características. Esto se hace con una ‘ecuación de predicción’”, dijo la investigadora.
“Incluir información del ADN en los sistemas de evaluación permite acelerar el progreso genético de las razas por selección porque se logra una estimación más precisa y a una edad más temprana de las cualidades que el animal trasladará a su descendencia. Además, facilita que las cabañas puedan elegir a los futuros padres basándose en características nuevas de difícil medición como la eficiencia de conversión y las emisiones de metano”, agregó Navajas.
Para explicar la posición de Uruguay en el contexto mundial respecto al estudio de estos temas, la investigadora se remitió a las impresiones de los diferentes expertos de la Fundación Bill y Melinda Gates, del CLEAR Center de la Universidad de California-Davis y de la comitiva especializada en clima enviada por Estados Unidos que visitaron el país y conocieron de primera mano algunos de los experimentos de INIA.
“La reacción de los visitantes que recibimos en los últimos dos meses expresan el lugar en el que está Uruguay. Lo que los sorprende gratamente son las mediciones, la infraestructura, el histórico de las evaluaciones, la sinergia de la ciencia con el sector productivo y la visión integral que tenemos del ganado y los sistemas de producción. Uno de los expertos extranjeros que vino comentó que ‘como máximo habrá diez países en el mundo que están haciendo lo que está haciendo Uruguay’”, apuntó Navajas. Esa lista se completa con Nueva Zelanda, Australia, Canadá, Francia, Irlanda y otros países europeos. “INIA trabaja en conjunto con algunos de estos países en proyectos internacionales como Smarter y GrassToGas”, agregó.
Finalmente, con una visión a futuro la experta señaló que “los aspectos que tienen que ver con la visión global del animal productivo, resiliente y eficiente implica estar siempre atentos y considerar características relacionadas con el desempeño productivo y reproductivo, con el manejo global de la salud del animal y con la adaptación al cambio climático”.
Asimismo, concluyó que el país puede “hacer mucho más y mejor”. “Así como la selección genómica acelera y fortalece el proceso de mejoramiento, creo que podemos tener iniciativas que nos fortalezcan en forma contundente y en más corto plazo, en mitigación de gases de efecto invernadero, sin perder de vista la producción. Eso requiere financiación, revisar la estrategia y ver cómo reagruparnos para poder dar un paso más sustancial que siga sumando al progreso genético y su aporte a la competitividad de la ganadería uruguaya”, finalizó.