En homenaje a todas las mujeres rurales, en el marco de la conmemoración del Día Internacional de las Mujeres Rurales, cada 15 de octubre; mujeres que hicieron de su esfuerzo, su compromiso y su amor por la familia un pilar fundamental de nuestra identidad.

Fernando Sanabia Viscoski | Canelones | Todo El Campo | Hay historias del campo que merecen ser contadas. Historias que no siempre quedaron escritas en los libros, que pocas veces ocuparon los titulares, pero que permanecen vivas en la memoria de quienes tuvimos la suerte de crecer cerca de ellas.

Una de esas historias es la de la mujer rural.

Hablar de ella no es solamente recordar una fecha conmemorativa. Es mirar hacia atrás, volver a nuestras raíces y reconocer a tantas mujeres que, durante generaciones, trabajaron de sol a sol, muchas veces sin descanso y casi siempre sin recibir el reconocimiento que merecían.

En mi caso, hablar de la mujer rural es hablar de mi propia historia. Soy hijo y nieto de mujeres que conocieron el trabajo de la tierra, las responsabilidades del hogar y las exigencias de una vida en la que nunca parecía haber suficientes horas para hacer todo lo necesario.

Recuerdo a mi madre y a tantas mujeres de la zona que, mientras sostenían la producción familiar, también se ocupaban de cocinar, lavar, criar a sus hijos y atender las necesidades de la casa. Pero su jornada no terminaba allí.

También estaban aquellas mujeres que, al volante de un camión, recorrían los caminos rurales y llegaban hasta las chacras para levantar la producción: papas, zanahorias, boniatos y tantas otras verduras que luego tendrían como destino la feria. Mujeres que manejaban, recorrían kilómetros, cargaban mercadería y se hacían cargo de una tarea fundamental para que la producción llegara a su destino. Y todo aquello formaba parte de una realidad en la que, muchas veces, el trabajo productivo convivía con las responsabilidades del hogar y el cuidado de la familia. 

Eran mujeres que sabían organizarse, resolver problemas y seguir adelante, aun cuando el cansancio pesaba y las dificultades no daban tregua. Mujeres que hacían de todo un poco, que estaban en cada detalle y que muchas veces sostenían el funcionamiento de una familia sin que nadie se detuviera a pensar cuánto esfuerzo había detrás de cada jornada.

Y no eran solamente nuestras madres. También estaban nuestras vecinas, las mujeres de los predios cercanos, las que compartían las preocupaciones, las dificultades y las alegrías de la vida rural. Cada una tenía su historia, pero muchas compartían una misma realidad: trabajar mucho, asumir enormes responsabilidades y seguir adelante sin esperar aplausos.

Si miramos todavía más atrás, encontramos a nuestras abuelas. Mujeres de otra época, con otras costumbres y otra manera de vivir, que también fueron productoras y sostuvieron sus familias desde el medio rural. Quizás llevaban una vida más sencilla, con menos comodidades, pero conocían el valor del trabajo, la importancia de la tierra y la satisfacción de salir adelante con lo propio.

Con el paso del tiempo, muchas de esas formas de vida fueron cambiando. También cambió la sociedad y, afortunadamente, hoy existe una mayor conciencia sobre el papel de la mujer rural, sus derechos, su participación y su aporte a la producción y al desarrollo de nuestras zonas.

Sin embargo, reconocerla hoy no debe hacernos olvidar que su importancia siempre existió. Lo que muchas veces faltó fue la mirada de una sociedad capaz de reconocerla.

Porque la mujer rural no fue solamente quien acompañó al productor. Fue productora, trabajadora, administradora, madre, compañera y, en innumerables ocasiones, el verdadero sostén de la familia. Su aporte no se limitó a las tareas que podían verse o contabilizarse: también estuvo en la capacidad de mantener unida a la familia, transmitir valores, enseñar el respeto por el trabajo y formar a las nuevas generaciones.

Quizás por eso, cuando pienso en aquellas mujeres, siento una mezcla de orgullo, cariño y nostalgia. Orgullo por su fortaleza; cariño por los recuerdos que dejaron; y nostalgia por una época que, con todas sus dificultades, tenía una manera de vivir y de relacionarse que vale la pena recordar.

No se trata de idealizar el pasado ni de pensar que aquellas mujeres debían cargar con tantas responsabilidades. Por el contrario, se trata de reconocer cuánto dieron, cuánto hicieron y cuánto tiempo tuvo que pasar para que su trabajo comenzara a ocupar el lugar que realmente merece.

En estos días, cuando nos preparamos para celebrar una nueva edición de la Fiesta de la Chacra, también tenemos la oportunidad de reencontrarnos con nuestras raíces, nuestras costumbres y nuestra identidad. Pero ninguna celebración de la vida rural estaría completa si no recordáramos a las mujeres que fueron parte esencial de esa historia.

Detrás de muchas chacras, de muchas ferias y de tantas familias que lograron salir adelante, hubo una mujer trabajando silenciosamente, haciendo que las cosas sucedieran, incluso cuando nadie se lo reconocía.

Por eso, este homenaje no es solamente para mi madre, para mis abuelas o para las mujeres que conocí a lo largo de mi vida. Es para todas aquellas mujeres rurales que dejaron su huella en nuestras zonas, y también para las que hoy continúan trabajando, produciendo, emprendiendo y abriendo caminos para las nuevas generaciones.

Porque antes de que habláramos tanto de visibilizar a la mujer rural, ellas ya estaban allí. En la chacra, en el tambo, en la granja, en la feria y en cada rincón donde hubiera una familia intentando construir su futuro.

Y si hoy podemos contar esas historias, es también porque hubo mujeres que las hicieron posibles.

Reconocer a la mujer rural es reconocer una parte fundamental de nuestra historia. Y para quienes somos hijos y nietos de ellas, es también una manera de agradecer, de mantener viva la memoria y de recordar que gran parte de lo que somos se lo debemos a aquellas mujeres que, muchas veces sin hacer ruido, lo dieron todo.

—  EL AUTOR. Lic. Fernando Sanabia Viscoski, posgrado en Agronegocios, productor agropecuario.

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