Dos vecinos con hábitos parecidos, pero con un sentido común logístico en las antípodas.
Federico Morixe Mailhos | Montevideo | Todo El Campo | Quienes andamos entre silos, barcazas y puertos de la región vemos a diario una contradicción tan grande que parece chiste de mal gusto.
A ver si sacan la ficha de quién es quién:
1) La República del Tereré y el Chaco indomable:
- En los papeles, condenado por no tener una sola gota de costa oceánica. Cualquier burócrata se hubiera quedado a quejarse de la geografía bajo la sombra de un tajy.
- ¿Qué hicieron? Construyeron la flota de barcazas más imponente de toda la hidrovía para pasear su soja y su carne por ríos ajenos como si fueran dueños de casa.
- Como no les alcanzaba, se pusieron a trazar una cinta de asfalto en medio del polvo para unir el Atlántico con el Pacífico y llegar a Asia antes de que el resto termine de cebar la pava.
- No inventan la pólvora: impuestos razonables, bienvenida al que arriesga capital y una sola obsesión: abrir mercados y que la tonelada viaje barata y sin trabas.
2) El Imperio del Termo bajo el brazo y las cuatro comidas de asado:
- La naturaleza le regaló una bahía de aguas profundas que es la envidia de todo el Atlántico Sur. Una puerta de salida al mundo servida en bandeja de plata.
- ¿Su gran aporte a la logística internacional? Bajar la palanca del puerto principal cada vez que hay una asamblea.
- Barcos fondeados en la rada mirando las grúas inmóviles, capitanes que se cansan de esperar y se van a cargar a los muelles vecinos, y contenedores de enfriado perdiendo conexiones. Todo ese sobrecosto absurdo, adivinen a qué bolsillo va: directo al productor que se rompió el lomo todo el año en la chacra.
- Y para rematar la lucidez estratégica: cautivos de un club de vecinos que no los deja firmar acuerdos con nadie, mientras se dan el lujo de posar de benefactores enviando víveres para afuera como si fuéramos potencia del primer mundo… olvidándose de que a diez minutos de la torre ejecutiva hay gurises en los cantegriles esperando que alguien se acuerde de su plato de comida.
El comercio internacional no espera a nadie: o sos confiable, previsible y competitivo, o te pasa por arriba.
Uno entendió que con ingenio y trabajo la falta de mar se compensa; el otro, con la mejor ventana al océano, parece empeñado en cerrar los postigos por capricho.
¿Se reconocen en el espejo o hace falta que sirva otro mate para avivar el debate?
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