27 de agosto: una fecha para reconocer, pero también para reflexionar sobre el arraigo, el relevo generacional y la soberanía alimentaria.
Fernando Sanabia Viscoski | Canelones | Todo El Campo | Cada 27 de agosto, Uruguay conmemora el Día de la Juventud Rural, una fecha establecida por el Decreto N.º 250/994 con el propósito de reconocer a nuestros jóvenes del medio rural y promover su arraigo y permanencia en el campo.
Pero más que una fecha en el calendario, debería ser una oportunidad para detenernos a pensar qué país queremos construir y qué lugar le estamos dando a quienes tienen en sus manos una parte importante de nuestro futuro productivo.
Venimos hablando del relevo generacional y de la necesidad de que el campo vuelva a ser visto por nuestros jóvenes como un verdadero proyecto de vida. Hoy quiero poner el foco en ellos: en esos jóvenes que, muchas veces sin grandes recursos, deciden permanecer, producir, innovar y seguir apostando por el medio rural.
Porque cuando un joven permanece en el campo, no solamente está continuando una actividad familiar. Está generando producción, trabajo, movimiento económico y, fundamentalmente, alimentos.
Puede ser un productor ganadero que cría un novillo. Un joven que mantiene una majada de ovejas. Un apicultor que produce un kilo de miel. Un avicultor que produce pollos o huevos. Un horticultor que planta papas, boniatos, lechugas, tomates o cebollas. Puede producir leche, frutas, cítricos o tantos otros alimentos que diariamente llegan a nuestras mesas.
Y detrás de cada uno de esos productos hay algo que muchas veces olvidamos: hay una persona que decidió quedarse y producir.
Cuando en una ciudad alguien levanta una lechuga de una góndola, compra un kilo de papas, una docena de huevos, leche, naranjas o limones, pocas veces se detiene a pensar quién estuvo detrás de ese alimento.
Cuántas horas de trabajo hubo. Cuántas decisiones. Cuánto conocimiento. Cuánta inversión. Cuánta incertidumbre climática. Y, especialmente, cuánta voluntad de seguir viviendo y produciendo en el campo.
Por eso, hablar de juventud rural también es hablar de soberanía alimentaria.
Cada joven que permanece en el medio rural representa una posibilidad más de que Uruguay continúe produciendo sus propios alimentos. No importa solamente si hablamos de una pequeña explotación familiar, de una producción mediana o de una empresa de mayor escala. Todas forman parte de una misma realidad productiva y todas tienen un rol dentro del sistema agroalimentario nacional.
A veces se mira al sector agropecuario únicamente desde sus grandes cifras de exportación, pero el campo es mucho más que eso. También es la producción que abastece diariamente nuestro mercado interno y sostiene una enorme cantidad de actividades económicas y sociales.
Por eso, el arraigo rural no puede ser solamente una responsabilidad de las familias productoras. Tiene que ser una prioridad de toda la sociedad y, especialmente, de las políticas públicas.
Necesitamos políticas de Estado que miren a los jóvenes rurales con una perspectiva de futuro. Que faciliten el acceso a la tierra, al financiamiento, a la tecnología, a la capacitación y a la infraestructura. Que permitan que quien quiera quedarse en el campo pueda hacerlo en condiciones dignas y con posibilidades reales de crecer. Porque no alcanza con decirles a nuestros jóvenes que se queden.
Tenemos que generar las condiciones para que quieran quedarse.
Y también tenemos que trabajar en sentido contrario: acercar el campo a la ciudad.
Que quienes viven en las ciudades comprendan que detrás de cada alimento hay una cadena productiva y, muchas veces, una familia. Que entiendan que el campo no es algo lejano ni ajeno a su vida cotidiana. El campo está presente todos los días en nuestras mesas.
Cuando compramos un kilo de papas, una docena de huevos, una botella de leche, una miel, una fruta o una verdura, estamos viendo solamente el producto final. Pero detrás existe un Uruguay productivo que merece ser reconocido y valorado.
El verdadero desafío del relevo generacional no consiste solamente en evitar que los jóvenes abandonen el campo. Consiste en construir un medio rural donde puedan imaginar su futuro.
Un lugar donde puedan estudiar, producir, emprender, incorporar tecnología, generar ingresos y formar una familia sin sentir que para progresar necesariamente deben abandonar su lugar de origen.
El 27 de agosto nos recuerda que debemos mirar a nuestra juventud rural.
Pero también nos recuerda algo mucho más profundo: si queremos un Uruguay con capacidad de producir sus propios alimentos, necesitamos jóvenes que quieran seguir produciendo.
El futuro del campo está en sus jóvenes.
Y, en buena medida, el futuro alimentario del Uruguay también.
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EL AUTOR.
Fernando Sanabia Viscoski es licenciado en Gestión Agropecuaria. Posgrado en Agronegocios. Productor agropecuario.

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