En este nuevo artículo continúo con una reflexión que vengo desarrollando: cómo transformar el campo en un verdadero proyecto de vida para las nuevas generaciones.

Fernando Sanabia Viscoski | Canelones | Todo El Campo | Cuando hablamos de relevo generacional en el medio rural, generalmente pensamos en una pregunta: ¿cómo hacemos para que los jóvenes no se vayan del campo?

Pero quizás deberíamos hacernos otra pregunta, mucho más profunda:

¿Qué debemos hacer para que un joven quiera quedarse?

Porque no alcanza con pedirle a una nueva generación que continúe con el trabajo de sus padres o que permanezca en el establecimiento familiar simplemente porque allí nació. El verdadero desafío es conseguir que, cuando mire hacia adelante, encuentre en el campo una vida que valga la pena elegir.

El campo no debería ser visto solamente como un lugar donde se trabaja y se produce. También puede ser un proyecto de vida.

Para muchas personas, vivir en el medio rural significa tener espacio, tranquilidad y contacto permanente con la naturaleza. Significa levantarse cada mañana sin tener edificios alrededor, vivir con mayor independencia y disfrutar de un entorno donde todavía existen tiempos y espacios diferentes a los de una gran ciudad.

También existe una forma distinta de vivir la familia y de criar a los hijos. El contacto con la naturaleza, los animales, el espacio abierto y la posibilidad de crecer en un ambiente menos condicionado por el ritmo acelerado de las ciudades son valores que muchas familias siguen buscando.

No se trata de decir que la vida rural es mejor que la vida urbana. Son formas diferentes de vivir, cada una con sus ventajas y dificultades. Tampoco debemos idealizar el campo. La distancia, la falta de determinados servicios, las dificultades de conectividad, el acceso a la educación, la salud, el transporte y las oportunidades laborales siguen siendo desafíos importantes.

Porr eso, el desafío no es convertir el campo en una ciudad, sino conseguir que el campo tenga las condiciones necesarias para que una persona pueda vivir bien sin dejar de ser campo.

Un joven que decide quedarse debería poder producir, pero también estudiar, capacitarse, acceder a tecnología, comunicarse, tener una vivienda digna, desarrollar un emprendimiento, formar una familia y disponer de tiempo para disfrutar de su vida.

Y aquí aparece una cuestión fundamental: el relevo generacional no puede depender únicamente de la herencia.

No todos los jóvenes tendrán la posibilidad de recibir una explotación productiva, ni todos querrán continuar exactamente con la actividad que desarrollaron sus padres. Algunos podrán encontrar oportunidades en la ganadería, la agricultura o la lechería; otros podrán incorporar turismo rural, servicios, tecnología, transformación de alimentos, comercialización o nuevas formas de emprendimiento.

Lo importante es que exista la posibilidad de construir un proyecto propio.

Porque un joven difícilmente se entusiasme con la idea de permanecer en el campo si lo que encuentra es solamente la obligación de continuar haciendo lo mismo que hicieron las generaciones anteriores, bajo las mismas condiciones y con las mismas limitaciones.

El campo necesita jóvenes, pero los jóvenes también necesitan un campo que les ofrezca futuro.

Por eso las políticas destinadas al relevo generacional deberían mirar mucho más allá del acceso a la tierra o de una determinada ayuda económica. Deben contemplar vivienda, conectividad, educación, capacitación, infraestructura, acceso a tecnología, financiamiento y servicios.

Pero también debemos recuperar algo que muchas veces olvidamos: el valor de vivir en el campo.

En una sociedad donde muchas personas viven rodeadas de cemento, tránsito, ruido y edificios, el espacio, la naturaleza, la tranquilidad y la posibilidad de criar una familia en contacto con el entorno rural pueden convertirse nuevamente en una fortaleza.

El desafío está en lograr que esas ventajas no sean anuladas por el aislamiento.

Necesitamos un medio rural conectado, con servicios y oportunidades, pero que conserve aquello que lo hace diferente.

Porque quizás el futuro del campo no dependa solamente de cuántos jóvenes conseguimos que se queden.

Dependa de cuántos jóvenes conseguimos que quieran quedarse.

Y esa diferencia es enorme.

No tenemos que convencer a los jóvenes de quedarse en el campo. Tenemos que conseguir que, cuando miren hacia adelante, encuentren en el campo una vida que valga la pena elegir.

Ese debería ser uno de los grandes desafíos para construir el medio rural del futuro.

EL AUTOR. Fernando Sanabia Viscoski es productor agropecuario, licenciado en Gestión Agropecuaria, posgrado en Agronegocios.

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