Asegurar el relevo no significa obligar a los hijos a quedarse en el campo, sino crear condiciones para que quedarse sea una opción atractiva, rentable y compatible con la vida moderna.
Fernando Sanabia Viscoski | Canelones | Todo El Campo | Uruguay enfrenta un desafío silencioso pero decisivo: el envejecimiento de los productores rurales y la falta de relevo generacional. En muchas explotaciones agropecuarias, especialmente en la horticultura, la fruticultura, la apicultura y la producción familiar, los hijos de los productores no encuentran razones suficientes para continuar el camino de sus padres. El resultado es un proceso gradual de abandono de predios, concentración de la tierra y despoblamiento del medio rural.
No se trata únicamente de un problema demográfico. Es un problema de sostenibilidad productiva, de seguridad alimentaria y de desarrollo territorial. Si las nuevas generaciones no asumen el rol de productores, Uruguay perderá capacidad para generar alimentos, empleo y arraigo en el interior del país.
El potencial existe. Las empresas familiares agropecuarias poseen un activo que no aparece en los balances: conocimiento acumulado durante décadas, infraestructura instalada, vínculos comerciales y una cultura de trabajo profundamente ligada al territorio. La pregunta no es si los jóvenes pueden continuar; la pregunta es qué herramientas necesita el Estado y la sociedad para que quieran hacerlo.
El primer factor es el acceso real a un proyecto propio. Muchos jóvenes participan en la empresa familiar, pero no tienen autonomía para tomar decisiones ni para desarrollar una actividad que los motive. Programas específicos que financien emprendimientos dentro del predio familiar -por ejemplo, un módulo apícola, una unidad de producción ovina, un invernáculo, un sistema de recría o un emprendimiento avícola- permitirían que el relevo comience antes de la sucesión patrimonial. El joven necesita sentirse protagonista y no solamente ayudante.
El segundo aspecto es la rentabilidad y la gestión del riesgo. Las nuevas generaciones observan cómo una sequía, un exceso de lluvias, una granizada o una caída de precios puede comprometer años de esfuerzo. Pretender que permanezcan en el campo sin ofrecer mecanismos modernos de cobertura es poco realista. Seguros agrícolas y ganaderos accesibles, fondos de estabilización para pequeños productores, incentivos para sistemas de riego y tecnologías de adaptación al cambio climático deben formar parte de una estrategia nacional de relevo generacional.
También es imprescindible incorporar innovación. El joven rural de hoy no rechaza el trabajo; rechaza la falta de perspectivas. La agricultura de precisión, los drones, los sensores, la gestión digital, el comercio electrónico de productos agropecuarios y la trazabilidad representan oportunidades para transformar la forma de producir. Cuando el campo se vincula con la tecnología, deja de ser visto como un espacio de atraso y pasa a ser un ámbito de desarrollo profesional.
Otro elemento clave es la formación empresarial. Muchos hijos de productores estudian agronomía, veterinaria o tecnicaturas agropecuarias, pero pocos reciben herramientas en administración, comercialización, planificación financiera o liderazgo de empresas familiares. La continuidad de un establecimiento depende tanto de producir bien como de gestionar correctamente. Programas de capacitación orientados específicamente al relevo podrían reducir uno de los principales motivos de abandono: la percepción de que el negocio no tiene futuro económico.
La dimensión familiar tampoco puede ignorarse. En numerosas explotaciones nunca se habla de la sucesión hasta que surge un problema de salud o un fallecimiento. La ausencia de planificación genera conflictos entre hermanos, incertidumbre y, muchas veces, la venta del campo. Promover procesos de planificación sucesoria, con apoyo técnico y jurídico, ayudaría a que las familias transformen una situación potencialmente conflictiva en un proyecto compartido.
Además, el arraigo no depende solo de la producción. Los jóvenes necesitan acceso a vivienda, conectividad, educación, salud, actividades culturales y espacios de participación. Un productor de 25 años no decide únicamente en función del precio del ganado o de la miel; también piensa dónde vivirán sus hijos, qué oportunidades tendrá su pareja y qué calidad de vida podrá construir. Las políticas rurales deben dejar de mirar exclusivamente el predio y comenzar a mirar a la comunidad.
En este proceso, las organizaciones de productores, las cooperativas, los grupos de cambio y los agentes territoriales de desarrollo rural pueden desempeñar un papel fundamental. Los jóvenes necesitan redes, mentores y ejemplos de otros que lograron innovar y vivir dignamente de la producción agropecuaria. El entusiasmo también se construye a través del intercambio y del sentido de pertenencia.
Asegurar el relevo generacional no significa obligar a los hijos a quedarse en el campo. Significa crear condiciones para que quedarse sea una opción atractiva, rentable y compatible con un proyecto de vida moderno. Uruguay invierte recursos importantes en infraestructura, sanidad animal, investigación y promoción de exportaciones. Ha llegado el momento de invertir con la misma decisión en quienes producirán los alimentos de las próximas décadas.
Porque el verdadero patrimonio del agro uruguayo no es solamente la tierra. Son las personas capaces de trabajar esa tierra, adaptarse a los cambios y transmitir el conocimiento a la generación siguiente. Si logramos que un joven vea en el campo una oportunidad y no una condena, estaremos haciendo mucho más que sostener una empresa familiar: estaremos asegurando el futuro de la producción de alimentos y del interior del Uruguay.
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EL AUTOR. Fernando Sanabia Viscoski es productor agropecuario, licenciado en Gestión Agropecuaria, posgrado en Agronegocios.

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