Mientras el impulso al hidrógeno pierde intensidad y el gas natural vuelve al centro de la agenda regional, América Latina enfrenta una decisión estratégica: aprovechar una solución inmediata o construir una verdadera autonomía energética.

Montevideo | Todo El Campo | La semana pasada, durante Hyvolution Chile 2026*, me resultó difícil no percibir un cambio de clima. El hidrógeno continuaba presente en las exposiciones, en iniciativas tecnológicas concretas y en algunos proyectos que siguen avanzando. Sin embargo, el impulso político que lo había acompañado durante los últimos años parecía sensiblemente menor. Persisten esfuerzos valiosos, pero más aislados y con una capacidad todavía limitada para movilizar inversiones y transformar la matriz productiva.

La impresión no es exclusivamente chilena. Ya había percibido señales similares en Uruguay y en otros ámbitos regionales. Tampoco parece ser solamente una percepción surgida de congresos o conversaciones sectoriales. Después de varios años de anuncios, hojas de ruta y objetivos extraordinariamente ambiciosos, la economía mundial del hidrógeno atraviesa una etapa de revisión.

La Agencia Internacional de Energía señala que el impulso inversor se debilitó durante 2025: las nuevas decisiones finales de inversión disminuyeron después de dos años de crecimiento, mientras la falta de demanda firme, los costos, las barreras regulatorias y la infraestructura insuficiente continúan demorando los proyectos. La distancia entre los anuncios y las instalaciones efectivamente comprometidas sigue siendo considerable. Al mismo tiempo, la demanda mundial de hidrógeno continúa concentrada casi enteramente en sus usos tradicionales y abastecida, en su inmensa mayoría, mediante combustibles fósiles.

Esto podría interpretarse como la corrección natural de expectativas excesivas. Toda transformación tecnológica atraviesa períodos de entusiasmo, aprendizaje y selección. El hidrógeno no ha desaparecido ni ha dejado de ser necesario para descarbonizar determinados procesos. Lo que se debilita es la idea de que bastaba anunciar grandes capacidades de producción para que aparecieran automáticamente compradores, financiamiento e infraestructura.

Sin embargo, en el Cono Sur aparece simultáneamente otra señal: mientras el hidrógeno pierde intensidad en la agenda pública, el gas natural recupera centralidad con una velocidad considerable.

EL REGRESO DEL GAS.

El desarrollo de Vaca Muerta está modificando nuevamente el mapa energético regional. Argentina procura ampliar la producción, mejorar su infraestructura interna, consolidar mercados vecinos y desarrollar capacidades de exportación. En 2024 sus exportaciones de combustibles y energía crecieron un 22,3 %, y Chile fue el principal destino, con US$ 2.844 millones.

El movimiento no se limita a Chile. Argentina y Brasil elaboraron una hoja de ruta para evaluar distintas vías de exportación de gas argentino hacia el mercado brasileño. Entre las alternativas analizadas aparecen rutas a través de Bolivia, Paraguay y Uruguay, además de una conexión directa. El propio gobierno argentino presenta esta estrategia como una oportunidad para consolidar un mercado regional apoyado en Vaca Muerta, infraestructura de transporte y nuevas inversiones privadas.

En Uruguay vuelve a discutirse el aprovechamiento del Gasoducto Cruz del Sur y el acceso a gas argentino para sustituir combustibles líquidos más caros, respaldar el sistema eléctrico y atender consumos industriales. En Chile, las interconexiones construidas durante el ciclo anterior recuperan valor.

Nada de esto es necesariamente inconveniente. El gas argentino puede reducir costos, desplazar derivados del petróleo más caros y contaminantes, mejorar la seguridad de abastecimiento y fortalecer la integración regional. Sería un error analizarlo exclusivamente desde una posición defensiva o ideológica.

La pregunta relevante es otra: ¿estamos utilizando el gas como un recurso de transición, dentro de una estrategia de transformación energética, o estamos comenzando a reconstruir alrededor suyo una nueva dependencia de largo plazo?

Las infraestructuras nunca son neutrales. Un gasoducto, una central térmica o una gran instalación de procesamiento no solamente resuelven una necesidad presente. También crean compromisos financieros, intereses económicos y decisiones operativas que condicionan el futuro. Cuanto mayor es la inversión, mayor es la presión posterior para prolongar su utilización. El beneficio inmediato puede transformarse en dependencia de trayectoria.

UNA CONVERGENCIA DE INTERESES.

Después de la invasión rusa a Ucrania, Europa tuvo que priorizar su seguridad de abastecimiento, diversificar proveedores y ampliar rápidamente sus compras de gas natural licuado. La Unión Europea no abandonó la transición: mantiene objetivos renovables, instrumentos para el hidrógeno y políticas de descarbonización industrial. Pero la urgencia de sustituir el gas ruso, contener los costos y preservar la competitividad alteró inevitablemente la velocidad y la jerarquía de sus decisiones.

Muchas hojas de ruta latinoamericanas fueron construidas suponiendo que Europa importaría rápidamente grandes cantidades de hidrógeno renovable y derivados, y que esa demanda habilitaría contratos, financiamiento y economías de escala. Cuando los compradores no aceptaron las primas necesarias y las decisiones se demoraron, quedaron expuestas las debilidades de estrategias excesivamente dependientes de la exportación.

Estados Unidos, por su parte, reforzó explícitamente su expansión energética. Durante 2025 eliminó barreras regulatorias para proyectos de exportación de GNL y autorizó o reautorizó volúmenes significativos. Su Departamento de Energía utiliza abiertamente la expresión energy dominance para describir esta orientación.

En Argentina, la necesidad de monetizar Vaca Muerta, atraer inversión y generar exportaciones coincide naturalmente con ese escenario. La cercanía política del gobierno de Javier Milei con Estados Unidos forma parte del contexto, pero sería apresurado concluir que existe una estrategia coordinada para desplazar al hidrógeno en América Latina. Tampoco es necesario probarla para reconocer el riesgo.

Los países exportadores buscan mercados; los propietarios de infraestructura procuran conservar el valor de sus activos; Europa necesita seguridad y energía competitiva; Argentina busca inversión y divisas; y los países vecinos encuentran una solución inmediata. Esa convergencia puede desplazar capital y atención política hacia la infraestructura conocida, aun sin coordinación explícita.

ELECTRIFICAR PRIMERO.

Existe también un componente cultural. Durante más de un siglo aprendimos a imaginar la energía desde grandes centros de producción: yacimientos, refinerías, centrales, ductos y puertos. Incluso cuando pensamos en hidrógeno, solemos reproducir ese modelo mediante megaproyectos destinados a exportar moléculas a miles de kilómetros.

Pero la transición no exige sustituir cada combustible por hidrógeno. La primera prioridad debe ser utilizar directamente electricidad renovable siempre que sea posible. Las baterías, la gestión de demanda, las interconexiones y otras formas de almacenamiento pueden resolver buena parte de la variabilidad de corto plazo.

El hidrógeno adquiere sentido después: cuando la electricidad no puede emplearse directamente; cuando un proceso necesita una molécula; cuando debe sustituirse hidrógeno fósil; cuando se requiere almacenar energía durante períodos prolongados; o cuando la resiliencia justifica disponer de una reserva energética propia.

Tampoco todo desarrollo necesita comenzar con plantas gigantes y nuevas redes de transporte. En determinados casos, el hidrógeno puede producirse cerca del consumo y crecer modularmente con la demanda. Esto no elimina las economías de escala. Obliga, en cambio, a considerar el transporte evitado, la sustitución de combustibles caros, la continuidad operativa, la exposición cambiaria y las capacidades que permanecen en el territorio.

LA OPORTUNIDAD LATINOAMERICANA.

Para países importadores de petróleo como Uruguay o Chile, parte del flujo destinado a combustibles externos puede transformarse gradualmente en inversión en activos duraderos: generación, almacenamiento, redes, sistemas de control y equipos de conversión. La autonomía no consiste en fabricar inmediatamente cada componente, sino en ampliar progresivamente el valor, el conocimiento y las decisiones que permanecen en el país.

Bolivia abre otra pregunta: ¿pueden sus gasoductos, conocimientos y reservorios depletados adquirir nuevas funciones dentro de una integración que combine gas durante la transición, electricidad renovable, biometano, hidrógeno y otros vectores? No todo activo será reconvertible, pero tampoco debería descartarse sin estudiarlo.

La minería puede ofrecer, a su vez, demandas reales y localizadas capaces de viabilizar generación renovable, microredes, baterías e hidrógeno en territorios alejados. Si se planifican adecuadamente, esas inversiones podrían beneficiar también a comunidades y actividades cercanas.

América Latina no necesita elegir dogmáticamente entre gas e hidrógeno. Necesita definir para qué utiliza cada recurso y qué estructura económica construye alrededor de él. El gas puede sustituir combustibles líquidos, reducir costos y respaldar sistemas renovables. Pero debería incorporarse evitando la sobredimensión y el bloqueo de alternativas futuras.

La desaceleración del hidrógeno tampoco debería conducirnos a abandonar su construcción. Debería llevarnos a revisar las hojas de ruta, moderar expectativas exportadoras y concentrarnos en demandas domésticas y regionales verificables.

En ediciones anteriores de SOIL reflexionamos sobre cómo un sistema aparentemente eficiente puede ser frágil cuando depende de pocos proveedores, grandes infraestructuras o cadenas logísticas extensas. El renovado protagonismo del gas vuelve especialmente actual aquella pregunta.

Las transiciones no se producen solamente cuando aparece una tecnología competitiva. Necesitan una decisión colectiva sobre qué capacidades queremos cultivar y qué dependencias no queremos perpetuar.

El gas puede ayudarnos a transitar la próxima etapa. Pero no debería hacernos olvidar que América Latina posee los recursos para algo más ambicioso: construir una plataforma energética, industrial y tecnológica propia, capaz de transformar abundancia natural en autonomía, resiliencia y desarrollo.

Esta reflexión nace de lo que he observado durante los últimos meses en distintos espacios de intercambio regional, pero no pretende cerrar el debate. Por el contrario, me interesa conocer cómo se está percibiendo este cambio en otros países, instituciones y sectores.

¿Estamos aprovechando el gas como una herramienta para avanzar hacia una economía energética diferente o estamos comenzando a construir una nueva dependencia?


(*) Hyvolution Chile 2026: Hyvolution Chile 2026 – Evento de Hidrógeno Verde en Santiago

FUENTES.

IEA — Global Hydrogen Review 2026: Producción – Global Hydrogen Review 2026 – Análisis – IEA

IEA — Global Hydrogen Review 2025: Resumen ejecutivo – Global Hydrogen Review 2025 – Análisis – AIE

Comisión Europea — REPowerEU: REPowerEU

Departamento de Energía de EE. UU. — Oil and natural gas production: HOJA INFORMATIVA: Cumpliendo con la producción de petróleo y gas natural en EE. UU. | Departamento de Energía

Argentina — Integración gasífera con Brasil: Argentina y Brasil avanzan en una hoja de ruta para potenciar la integración gasífera regional | Argentina.gob.ar

Argentina — Balanza energética 2024: En 2024 Argentina tuvo el superávit energético más alto de los últimos 18 años | Argentina.gob.ar

 EL AUTOR.

Pablo Díaz Gómez de Enterría, sus análisis se pueden seguir en Pablo Díaz Gómez de Enterría | LinkedIn

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