La oportunidad que América Latina y el Caribe no pueden dejar pasar.

La oportunidad que América Latina y el Caribe no pueden dejar pasar.

Crisis en alimentos, energía y fertilizantes abre a América Latina la oportunidad para acelerar el desarrollo de la bioeconomía, plantea el IICA en relevante foro global

La guerra en Europa del este, al tiempo que provoca un fuerte impacto negativo en lo económico y social en América Latina y el Caribe, también crea condiciones para acelerar el desarrollo de la bioeconomía.

La magnitud de los recursos naturales de la región, combinada con nuevas demandas globales de una producción más sostenible y las modificaciones del tablero geopolítico global, constituyen una convergencia de factores que crea una situación favorable para una transición más rápida hacia un modelo que ponga el acento en lo biológico.

Así lo aseguraron expertos convocados por el Instituto Interamericano de Cooperación para la Agricultura (IICA) para discutir el escenario de la crisis en el marco de la Conferencia Internacional de Bioeconomía Aplicada (ICABR) 2022.

El ICABR es un consorcio internacional de expertos en bioeconomía, agricultura, biotecnología e investigación que constituye uno de los espacios mundiales más importantes de la bioeconomía académica, en el que participan universidades de la talla de Rutgers, Berkeley, MIT, Campinas, UC Davis, Wageningen, Saskatchewan, entre muchas otras. Dentro de los objetivos del ICABR destaca el fomento al colaborativo entre universidades, centros de investigación, gobiernos y empresas privadas, así como la promoción de la aplicabilidad de los resultados de la investigación (principalmente en políticas públicas). 

Como parte de esta conferencia, el IICA organizó el panel “Bioeconomía e impactos de la guerra Rusia-Ucrania en América Latina y el Caribe”, en el que se expuso el potencial que la región tiene en rubros como biocombustibles líquidos, biogás, combustibles para aviación, biotecnología y bioinsumos.

La discusión fue organizada por Hugo Chavarría, gerente del Programa de Bioeconomía y Desarrollo Productivo del IICA, quien además participó como panelista en dos plenarias de la ICABR.

“Hemos trabajado fuertemente para posicionar a América Latina y el Caribe en estos espacios mundiales de la bioeconomía.  Esta es la única forma en que la región puede visibilizarse al más alto nivel y además ser protagonista en las discusiones y decisiones que tienen los actores más influyentes de la academia y de los sistemas de ciencia, tecnología e innovación de la bioeconomía en todo el mundo”, dijo Chavarría.

El especialista consideró que la región tiene los recursos para acelerar el desarrollo de la bioeconomía y un escenario que la favorece pero es necesario potenciarlo a través del trabajo en sensibilización, formación de capacitación, fortalecimiento de marcos normativos, fomento de mercados e investigación y desarrollo.

La bioeconomía, que consiste en la industrialización sostenible de los recursos y principios biológicos, permite formular nuevas estrategias de desarrollo productivo para enfrentar el desafío de las crecientes demandas de alimentación y energía de la población mundial, al tiempo que contribuye a mitigar el impacto sobre el ambiente y los recursos naturales.

Las oportunidades.

“La guerra impactó sobre una región ya fuertemente afectada por la pandemia de Covid-19. En 2020, América Latina sufrió una contracción del 7% en el PBI, que fue la mayor en 120 años. Esto llevó a un crecimiento de la pobreza, que hoy afecta a 200 millones de personas, 86 millones de las cuales están en situación de pobreza extrema”, dijo Eduardo Trigo, uno de las referencias globales en materia de bioeconomía y asesor del director general del IICA.

Trigo hizo foco, de todas maneras, en las oportunidades: “Una de las características de la región es la magnitud de sus recursos biológicos. Por ese motivo, la bioeconomía, que consiste en el aprovechamiento de los recursos biológicos, es una respuesta lógica, quizás no en el corto plazo, sino en términos de visión del desarrollo”.

“La región, y particularmente los países tropicales, podría hacer un mejor uso de su riqueza biológica, para el fortalecimiento de su seguridad alimentaria. Esto no es un proceso nuevo en América Latina y el Caribe. Hay al menos once países que tienen estrategias para el aprovechamiento de estos nuevos senderos de desarrollo. Esto no es hablar de potencialidades, sino de cosas que ya están ocurriendo en la región y que tienen una dimensión realista”, apuntó el experto.

Materializar expectativas.

Agustín Tejeda, gerente de estudios económicos de la Bolsa de Cereales de Argentina, habló de los impactos disruptivos que ha generado la guerra y precisó que un productor en Argentina o Brasil necesita un 50% más en dólares de inversión para obtener los mismos productos, por el aumento de precio de los insumos.

Sin embargo, Tejeda consideró que se abren oportunidades en el largo plazo para consolidar a la región como proveedora global de alimentos y energía en los próximos años. “Ya estamos viendo un aumento en el uso de productos de origen biológico que pueden reemplazar a los productos de origen fósil. Quizás la mayor de las oportunidades es la que tenemos para consolidar una visión propia, destacando que no existe un enfoque único sobre sustentabilidad, sino tantos enfoques como realidades productivas existen”, afirmó.

Tejeda no dudó en que la región tiene potencial para aumentar las exportaciones y aprovechar las oportunidades de la bioeconomía: “Para que estas perspectivas se materialicen, se necesita una revisión de la estrategia de inserción internacional y generar consensos a nivel regional sobre el desarrollo de políticas de desarrollo productivo y de negociaciones internacionales”.

Jorge Bedoya, presidente de la sociedad de agricultores de Colombia, apuntó que su país produce 73 millones de toneladas de alimentos pero importa 13,8 millones de toneladas. “Todo lo que ha venido ocurriendo desde la invasión a Ucrania generó una presión impresionante en los costos de producción de alimentos muy relevantes para la población colombiana como el pollo, el cerdo y la leche. Tenemos una inflación anual de más del 23% en alimentos”, señaló.

Bedoya destacó que Colombia puede ser menos dependiente de las importaciones: “Hemos dado pasos importantes en la producción de biodiesel y etanol. Tenemos una frontera agrícola de 40 millones de hectáreas, agua y la presencia de inversores nacionales y extranjeros, por lo que en el mediano plazo vemos que puede haber un escenario distinto”.

Agustín Torroba, especialista en Bioenergía del IICA, pronosticó que la producción y consumo de biocombustibles líquidos se va a acelerar en el corto y mediano plazo, mientras que en el mediano plazo crecerán otros, como el biogás y los biocombustibles de aviación. “La situación genera una oportunidad para los biocombustibles porque son más baratos que los combustibles fósiles y se constituyen como un garante del abastecimiento”, enfatizó.

Roberto Bisang, de la Universidad de Buenos Aires (UBA) habló de las oportunidades que se presentan en biotecnología, mientras que Nicolás Cock Duque, de Bioprotección Global, se refirió al papel que pueden jugar los bioinsumos en la transición hacia una agricultura más resiliente. Por último, José Roberto Vega, director de LANOTEC Costa Rica, ahondó en las posibilidades que tienen las biorrefinerías (particularmente las basadas en el aprovechamiento de residuos) para la producción de biocombustibles u otros nuevos bioproductos en el nuevo escenario. (IICA).

Los biocombustibles no son neutros en carbono.

Los biocombustibles no son neutros en carbono.

Un factor importante es que la fabricación de biocombustibles amplifica el cambio en el uso de la tierra. A medida que las cosechas se desvían de la alimentación humana y el ganado para producir combustible, se necesitan tierras de cultivo adicionales para compensar.

La idea de que los biocombustibles son buenos para el medio ambiente se basa en la suposición de que son inherentemente neutros en carbono, lo que significa que el CO2 emitido cuando se queman los biocombustibles se compensa completamente con el CO2 que las materias primas como el maíz y la soja absorben a medida que crecen. Esta suposición está codificada en modelos informáticos utilizados para evaluar los combustibles.

Antes de la aprobación del RFS (*), dicho modelado encontró reducciones modestas de CO2 para el etanol de maíz y el biodiesel de soja. Prometió mayores beneficios del etanol celulósico, un tipo más avanzado de biocombustible que se fabricaría a partir de fuentes no alimentarias, como residuos de cultivos y cultivos energéticos como el sauce y el pasto de conmutación.

Pero investigaciones posteriores han demostrado que los biocombustibles no son realmente neutros en carbono. Corregir este error mediante la evaluación de los cambios en el mundo real en la absorción de carbono en las tierras de cultivo revela que el uso de biocombustibles ha aumentado las emisiones de CO2.

Un factor importante es que la fabricación de biocombustibles amplifica el cambio en el uso de la tierra. A medida que las cosechas se desvían de la alimentación humana y el ganado para producir combustible, se necesitan tierras de cultivo adicionales para compensar. Eso significa que los bosques se talan y las praderas se aran para disponer de más hectáreas para la producción de cultivos, lo que desencadena grandes liberaciones de CO2.

La expansión de las tierras de cultivo para la producción de biocombustibles también es mala para el medio ambiente de otras maneras. Los estudios demuestran que ha reducido la abundancia y diversidad de plantas y animales en todo el mundo. En los Estados Unidos, ha amplificado otros impactos adversos de la agricultura industrial, como la escorrentía de nutrientes y la contaminación del agua.

(*) RFS: Estándar Federal de Combustible Renovable: Establecido por el Congreso de Estados Unidos como una enmienda a la Ley de Aire Limpio, el RFS exige que los combustibles para el transporte en ese país contengan un volumen mínimo de biocombustible.

Extracto del artículo “El mandato de biocombustibles de Estados Unidos ayuda a los agricultores, pero hace poco por la seguridad energética y daña el medio ambiente” publicado en The Conversation.

Artículo original: https://theconversation.com/the-us-biofuel-mandate-helps-farmers-but-does-little-for-energy-security-and-harms-the-environment-168459

El autor es John DeCicco, profesor de Investigación Emérito, Universidad de Michigan.

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