La experiencia brasileña demuestra que la ciencia aplicada al agro puede modificar radicalmente la estructura productiva de un país.

Montevideo | Todo El Campo | Solemos asumir que la ciencia y la innovación son buenas por naturaleza. Es obvio que sí, sin embargo, muchas veces se hace el enunciado a favor de invertir en esas disciplinas pero no siembre se lo acompaña con pruebas tangibles.

El economista jefe de la Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO), Máximo Torero, destacó en un reciente posteo en su cuenta de X @MaximoTorero el papel decisivo de la inversión en ciencia e innovación para transformar la agricultura.

En su mensaje puso como ejemplo el caso de Brasil y la labor de la Empresa Brasileña de Investigación Agropecuaria (Embrapa), que logró convertir el Cerrado, una región considerada durante décadas improductiva, en una de las regiones agrícolas más productivas.

Gracias a esa apuesta sostenida por la investigación, Brasil pasó de ser un importador neto de alimentos a consolidarse como uno de los principales exportadores globales, sostuvo el Ec. Torero en su posteo.

Este tipo de transformaciones no ocurren de manera espontánea, sino que requieren visión de largo plazo, financiamiento estable y políticas públicas que prioricen la generación de conocimiento.

La experiencia brasileña demuestra que la ciencia aplicada al agro puede modificar radicalmente la estructura productiva de un país, ampliando su capacidad de abastecer tanto al mercado interno como al externo.

En un segundo mensaje, también publicado en X, el economista anunció que la FAO y Embrapa acordaron fortalecer su colaboración para impulsar sistemas agroalimentarios resilientes, especialmente en regiones tropicales; sitios en los cuales la presión demográfica y la exposición al cambio climático hacen aún más urgente la inversión en investigación, históricamente limitada, sostuvo.

La reflexión de Torero adquiere relevancia en un contexto global marcado por la inseguridad alimentaria y la necesidad de producir más con menos recursos. Su llamado apunta a que los países en desarrollo, particularmente aquellos con vastos territorios agrícolas, comprendan que la innovación no es un lujo, sino una condición indispensable para garantizar sostenibilidad, competitividad y seguridad alimentaria en el futuro.

LA GRÁFICA: EL CONTRASTE ENTRE DOS REALIDADES.

La publicación de Máximo Torero en X está acompañada por una gráfica (publicada a continuación) que busca ilustrar el mensaje central: la importancia de invertir en ciencia e innovación para transformar los sistemas agroalimentarios, especialmente en regiones tropicales. 

La gráfica muestra la evolución de la productividad total en agricultura de Brasil, los países de altos ingresos y el mundo.

Allí se muestra claramente el cambio sustancial de Brasil a partir de la invención y de la intervención de Embrapa (fundada en abril de 1973), logrando un avance que supera a los países de altos ingresos y a la media del mundo.

En conclusión: la gráfica funciona como un llamado de atención, porque si no se incrementa la inversión en ciencia aplicada al agro, los sistemas alimentarios de las zonas difíciles corren el riesgo de volverse insostenibles.

Invertir en ciencia e innovación no es opcional, es una condición indispensable para garantizar seguridad alimentaria, resiliencia en el futuro y seguir creciendo en el país.

¿Cuánto invierten los países del continente, y los Mercosur?; ¿cuánto invierte Uruguay?

HISTORIA DE EMBRAPA SEGÚN EMBRAPA.

En los años 70, la agricultura se intensificó en Brasil. El crecimiento acelerado de la población y del ingreso per cápita, así como la apertura al mercado exterior, demostraron que, sin inversiones en ciencias agrícolas, el país no podría reducir la diferencia entre el crecimiento de la demanda y la oferta de alimentos y fibras.

Dentro del Ministerio de Agricultura, un grupo debatió la importancia del conocimiento científico para apoyar el desarrollo agrícola. En ese momento, los profesionales de la extensión rural comenzaron a plantear la cuestión de la falta de conocimientos técnicos generados en el país para transmitir a los agricultores.

El entonces ministro de Agricultura, Luiz Fernando Cirne Lima, creó un grupo de trabajo para definir los objetivos y funciones de la investigación agrícola, identificar limitaciones, sugerir medidas, indicar fuentes y formas de financiación, y proponer legislación adecuada para asegurar la dinamización de este trabajo.

El 7 de diciembre de 1972, el entonces presidente de la República, Emílio Garrastazu Médici, sancionó la ley Nº 5.851, que autorizaba al Poder Ejecutivo a establecer una empresa pública bajo el nombre de Corporación Brasileña de Investigación Agrícola (Embrapa), vinculada al Ministerio de Agricultura. El artículo 7 estableció un plazo de 60 días para la emisión de los estatutos y determinó que el decreto fijaba la fecha de constitución de la sociedad. El decreto Nº 72.020, de fecha 28 de marzo de 1973, aprobó los estatutos de la Compañía y determinó su instalación en un plazo de 20 días. Esto fue actualizado el 4 de agosto de 1997 mediante el decreto Nº 2.291.

Instalado provisionalmente en el Edificio Palácio do Desenvolvimento, en Brasilia, DF, el consejo de administración de la nueva empresa buscó en el mercado personal que pudiera liderar las actividades de la nueva estructura de investigación.

A finales de 1973, una ordenanza ejecutiva puso fin a la existencia del Departamento Nacional de Investigación y Experimentación (DNPEA), que coordinó todos los organismos de investigación existentes hasta la creación de Embrapa. Como resultado, la Compañía heredó de DNPEA una estructura compuesta por 92 bases físicas: 9 sedes de institutos regionales, 70 estaciones experimentales, 11 propiedades y 2 centros nacionales. A partir de entonces, Embrapa inició su fase operativa, gestionando todo el sistema de investigación agrícola a nivel federal.

En 1974 se crearon los primeros centros nacionales de productos: trigo (en Passo Fundo, RS), arroz y frijoles (en Goiânia, GO), ganado de carne (en Campo Grande, MS) y caucho (en Manaus, AM).

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