Aquel día quedó grabado en la memoria colectiva como una prueba del horror. Sin embargo, la historia demuestra que el conocimiento de nuestra brutalidad no nos ha salvado de perpetuarla.
Hébert Dell’Onte Larrosa | Montevideo | Todo El Campo | ¿Dónde estabas vos el 11 de setiembre de 2001?, esa es la pregunta que muchos han hecho estos días y hacen hoy, porque todos nos acordamos dónde estábamos, qué estábamos haciendo o de qué forma nos enteramos del atentado contra las emblemáticas torres gemelas del World Trade Center ubicadas en el corazón de Nueva York.
Mucho se ha dicho sobre el tema. Los canales de televisión y emisoras de radios de todo el mundo suman una infinidad de horas abordando el asunto; también se han escrito millones de artículos periodísticos en diarios, revistas, o sitios web en diversos formatos -crónicas, investigaciones, reportajes, editoriales-, se han hecho documentales, películas, se publicaron toneladas de libros, se han escrito poesías y canciones de reconocidos artistas como Bruce Springsteen o Paul McCartney, entre otros.
25 años después seguimos hablando y escribiendo sobre lo mismo, y así continuará siendo, por siempre, porque fue tal el impacto de aquella sensación de horror que nos invadió a todos los que cerca o lejos estuvimos ahí para observar lo que sucedía, que sentimos la necesidad de transmitirlo a las generaciones futuras con la esperanza de que no vuelva a ocurrir.
En 1948, el antropólogo estadounidense Melville Herskovits acuñó el término enculturación, entendiendo por tal concepto el proceso mediante el cual una persona aprende, interioriza y pone en práctica (consciente o inconscientemente) las normas, tradiciones, lenguaje y costumbres de su propia cultura.
Gracias a esa transmisión y adaptación los humanos tienen una capacidad de supervivencia mayor. Sin embargo, cuando observamos cómo está el mundo y nuestra sociedad, las esperanzas de haber aprendido lo destructivos y dañinos que las personas podemos ser con nuestros iguales parecen desvanecerse o convertirse en una ilusión sin sentido.
Si observamos, en la historia no ha habido un solo momento en que la humanidad o parte de ella no estuviera embarcada en algún conflicto cruento. La belicosidad está en nuestra naturaleza y por eso una y otra vez volvemos a caer en la espiral de violencia que nos ha caracterizado desde el comienzo de los tiempos.
No por casualidad la Biblia nos cuenta que el primer acto de violencia entre seres humanos fue de los más terribles que alguien puede imaginar: el fratricidio que en ese caso puntual tuvo la envidia como motivación. Creyentes o no, el punto es que desde siempre la humanidad ha sido violenta y eso se explica por una razón: el mal existe.
El atentado de las torres gemelas hace 25 años fue una muestra más de cómo hay personas capaces de cometer crímenes atroces, arrastrando a inocentes en su locura de maldad. Lo sabemos porque la historia lejana como reciente nos lo ha enseñado, pero nos comportamos como si lo ignoráramos.

Compartir
Comparte este contenido en tus redes sociales!