La pregunta que debemos hacernos es simple, pero profunda: ¿por qué nuestros jóvenes no quieren quedarse en el campo?

Fernando Sanabia Viscoski | Canelones | Todo El Campo | En el marco del Primer Congreso Nacional de Gremiales Granjeras, realizado en INIA Las Brujas, tuve la oportunidad de participar junto a representantes de gremiales de distintos puntos del país en una instancia de intercambio sobre uno de los temas que considero centrales para el futuro del sector: el relevo generacional.

Fue interesante comprobar que, desde diferentes realidades productivas, existe una coincidencia: cada vez son menos los jóvenes que deciden continuar con la actividad de sus familias. Y la pregunta que debemos hacernos es simple, pero profunda: ¿por qué nuestros jóvenes no quieren quedarse en el campo?

Una de las respuestas aparece rápidamente: la rentabilidad.

Durante años, muchos productores granjeros han trabajado con enormes esfuerzos y, en determinadas etapas, con márgenes económicos muy reducidos. Esa realidad también es observada por sus hijos. Cuando un joven ve que sus padres han trabajado durante toda su vida y que muchas veces el resultado económico no acompaña ese esfuerzo, es lógico que busque otras alternativas.

Pero el problema no termina allí. Cuando un joven abandona el medio rural, también se pierde población, conocimiento, cultura productiva y capacidad de continuar una actividad que es fundamental para el país. Así comienza un proceso de despoblamiento y envejecimiento de nuestra población rural.

Por eso creo que el relevo generacional debe dejar de ser solamente un problema de las familias rurales y pasar a ser una verdadera política de Estado.

El gobierno que esté en cada momento debería trabajar con una mirada de largo plazo, generando condiciones que permitan que un joven pueda ver en la producción agropecuaria una oportunidad real. Acceso al financiamiento, capacitación, tecnología, infraestructura, mejores condiciones comerciales y políticas específicas para quienes quieran iniciar o continuar una empresa familiar pueden ser herramientas importantes.

También debemos mirar el problema desde la soberanía alimentaria. Muchas veces quienes vivimos en las ciudades conocemos el producto cuando llega a la góndola, pero desconocemos todo lo que existe detrás: quién lo produce, cuánto tiempo lleva producirlo, cuál es su ciclo biológico y cuánto esfuerzo implica llevarlo hasta el consumidor.

Un ejemplo muy claro es el de la papa. Hace algunos años Uruguay tenía alrededor de 12.500 hectáreas destinadas a este cultivo y actualmente se encuentra en el entorno de las 3.500 hectáreas. Parte de esa disminución se compensa mediante la importación de productos destinados al consumo. Esto debería llevarnos a reflexionar sobre qué modelo productivo queremos para nuestro país.

Lo mismo ocurre cuando analizamos el contrabando o determinadas importaciones de frutas y verduras. No se trata simplemente de discutir un producto que entra o sale del país: detrás de cada hectárea que deja de producir hay una familia que puede dejar de vivir de la producción, un joven que puede decidir no continuar y una comunidad rural que pierde actividad.

También considero importante que el sistema financiero comprenda mejor las particularidades de la producción agropecuaria. Un productor no fabrica un producto de un día para otro: trabaja con ciclos biológicos, tiempos productivos y riesgos climáticos que deben ser contemplados cuando se analiza una inversión o un financiamiento. Facilitar el acceso de los jóvenes al crédito, con herramientas adecuadas a esas características, podría ser otro elemento para favorecer el desarrollo de nuevos emprendimientos.

Porque el campo ofrece cosas que muchas veces no aparecen en una planilla económica: tranquilidad, contacto con la naturaleza, independencia, identidad y la posibilidad de construir un proyecto propio.

El relevo generacional no se va a solucionar de un día para otro. Requiere políticas sostenidas, compromiso de las organizaciones, productores, instituciones educativas, sistema financiero y gobiernos.

Pero, sobre todo, requiere que volvamos a convencer a nuestros jóvenes de que el campo también puede ser futuro.

Porque si no logramos que las nuevas generaciones encuentren motivos para quedarse, no estaremos perdiendo solamente productores. Estaremos poniendo en riesgo una parte fundamental de la identidad, la producción y la soberanía alimentaria del Uruguay.

Hablar de soberanía alimentaria también implica hablar del papel que cumple el agro en nuestro país. Tanto la producción granjera como la producción agropecuaria son mucho más que una actividad económica: son parte de la base productiva que sostiene al Uruguay y constituyen uno de los motores fundamentales de su desarrollo.

Por eso, cuando hablamos de relevo generacional, no estamos hablando solamente de que los jóvenes continúen trabajando en el campo. Estamos hablando de asegurar que el país pueda seguir produciendo sus propios alimentos, generando empleo, movimiento económico y desarrollo en nuestros territorios.

En este contexto, también deberíamos preguntarnos qué modelo de país queremos construir. ¿Es conveniente que, mientras cada vez más productores tienen dificultades para continuar y muchos jóvenes no encuentran las condiciones necesarias para quedarse en el medio rural, sigamos aumentando la dependencia de productos importados? Frutas, verduras y otros alimentos pueden llegar desde el exterior, pero detrás de cada producto que dejamos de producir dentro del país también existe una familia productora, un trabajador, una empresa y una comunidad que pierde actividad.

No se trata de plantear que las importaciones sean necesariamente negativas, sino de preguntarnos qué equilibrio queremos alcanzar. Porque si con el paso de los años las importaciones continúan creciendo mientras nuestra producción granjera y agropecuaria disminuye, estaremos debilitando nuestra propia capacidad de producir alimentos. Y ahí es donde el relevo generacional adquiere una dimensión todavía mayor. Si queremos soberanía alimentaria, necesitamos jóvenes que quieran y puedan quedarse en el campo, pero también necesitamos políticas que hagan posible que producir en Uruguay sea una actividad viable, digna y con futuro.

El agro no puede ser visto solamente como un sector más de la economía. Es parte del motor del país y, al mismo tiempo, una garantía de nuestra capacidad de producir lo que consumimos. Defender su continuidad, fortalecer a las familias productoras y generar oportunidades para las nuevas generaciones es también defender el futuro productivo del Uruguay.


EL AUTOR. Fernando Sanabia Viscoski es licenciado en Gestión Agropecuaria. Posgrado en agronegocios. Productor agropecuario.

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