La falta de agua es un fenómeno que la humanidad conoce desde hace siglos, y ante el cual debió adaptarse, pero parece que no hemos aprendido mucho.

Montevideo | Todo El Campo | La falta de agua no es un fenómeno nuevo en la historia de la humanidad ni obedece al cambio climático al que se responsabiliza de los problemas ambientales y meteorológicos actuales. En el pasado civilizaciones como la de los mayas (habitaron la zona sur de México y norte de Centroamérica), de los tiwanaku (Bolivia) o de los taínos (zona del Caribe, Cuba, República Dominicana, Haití, Puerto Rico) se vieron desplazadas por cambios en los esquemas de las precipitaciones.

La lectura que se debe sacar de eso es que la humanidad debe adaptarse a lo que la naturaleza le impone, así fue entonces, y así continúa siendo.

Un artículo publicado por el Banco Mundial, escrito por Chloë Oliver Viola (especialista senior en Abastecimiento de Agua y Saneamiento) y Hye Rean Yoo (analista de recursos hídricos para el Banco Mundial de América Latina y el Caribe) trata ese tema señalando sobe la importancia de la adaptación a los desafíos climáticos.

“Para toda América Latina y el Caribe, la sequía ya no es una posibilidad lejana; está transformando la manera en que las personas viven, trabajan, gobiernan y planifican su futuro”, escribieron, y aseguraron que el fenómeno “no es algo nuevo”.

“Hace siglos, la sequía contribuyó al colapso de las civilizaciones Maya y Tiwanaku, y obligó a los Taínos y a otros pueblos indígenas del Caribe a desplazarse a medida que cambiaban los patrones de lluvia. La historia deja una lección clara: cuando el agua desaparece, las sociedades deben adaptarse. Hoy, con poblaciones más numerosas, economías interconectadas y presiones climáticas aceleradas, los riesgos son aún mayores”, advirtieron.

En la actualidad, “la sequía es uno de los riesgos climáticos más urgentes” para esta zona del mundo: “En los últimos 25 años, ha afectado a más de 58 millones de personas y ha puesto en riesgo cerca de 80.000 millones de dólares del PIB cada año”.

Los impactos son reales y tangibles: En 2023, en Argentina, “la sequía redujo a la mitad las cosechas de trigo y soya en 2023, lo que significó una disminución significativa de los ingresos por exportaciones. En Ecuador, los bajos niveles de los embalses hidroeléctricos provocaron apagones en 2024, que afectaron a 12 provincias. El Canal de Panamá redujo el número de tránsitos entre 2023 y 2024, con pérdidas de ingresos de hasta 700 millones de dólares. Y en la Ciudad de México, la escasez de agua llevó al sistema de distribución al límite”.

No mencionan a Uruguay, pero nosotros sabemos lo que nos ha costado la sequía en los últimos años, haciendo colapsar los servicios de agua potable y golpeando la producción agropecuaria, lo que repercutió fuertemente en la economía nacional.

Todos esos eventos llevan a una “pregunta difícil” que es: “Si las sequías ya cuestan miles de millones, ¿qué nos depara el futuro?”, plantearon las autoras, porque “la ciencia climática apunta en una dirección clara: América Latina y el Caribe se está volviendo más cálida y más seca, con sequías más prolongadas, severas y difíciles de predecir”.

Los impactos de la sequía “se manifiestan en todos los sectores: seguridad alimentaria, generación de energía, comercio, salud pública y política fiscal”.

A pesar de que debimos haber aprendido hace mucho (la sequía golpeó a los mayas por los años 800 a 1000; a los tiwanaku entre 900 y 1100 DC; y a los tainos por el año 1500), parece que no ha sido así.

Es necesario que seamos capaces de “romper el ciclo de respuesta a la crisis”, y para eso abordar las vulnerabilidades estructurales.

Hasta ahora, e históricamente “la mayoría de las respuestas en la región siguen siendo reactivas” como el “racionamiento de agua, camiones cisterna y medidas temporales de alivio”, notan las técnicas del Banco Mundial.

Pero la clave está en “la planificación preventiva” porque “cada dólar invertido en gestión preventiva frente a la sequía puede ahorrar entre dos y diez dólares en pérdidas evitadas”.

Por otro lado, cuanto más “complejas e interconectadas” son las sequías, “la cooperación regional resulta esencial”, porque “los países pueden aprender de las respuestas de otros, compartir datos hidrológicos en tiempo real en cuencas compartidas e intercambiar lecciones prácticas, desde estrategias de gestión de la demanda y reglas de operación de embalses hasta enfoques de financiamiento”.

En ese sentido, el Banco Mundial lanzó la Iniciativa de Resiliencia y Adaptación frente a la Sequía en ALC (Readi-LAC), una iniciativa que invita a gobiernos, instituciones y socios a analizar los riesgos de sequía, identificar a las poblaciones, sistemas y sectores más vulnerables y priorizar las políticas e inversiones que pueden fortalecer la resiliencia.

“Las sequías se están intensificando. Están transformando las economías, presionando a las instituciones y profundizando las desigualdades sociales. Pero con políticas innovadoras, una gobernanza más sólida y una acción regional coordinada, los países pueden gestionar el riesgo de sequía y construir un futuro más resiliente”, señalaron. Ante ese reto ambiental, “la pregunta no es si la región puede adaptarse, sino si actuaremos con la rapidez necesaria”.

Foto de portada de Mariana Kaipper Ceratti | Banco Mundial.

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