Desde el momento en que se desarrolla una nueva variedad los investigadores de INIA pueden contribuir a reducir los agroquímicos que se usarán en toda la cadena.

Para cuidar el ambiente, asegurar la inocuidad de los alimentos y garantizar el acceso a los mercados de exportación, en Uruguay hace muchos años que el Instituto Nacional de Investigación Agropecuaria (INIA), el Ministerio de Ganadería, Agricultura y Pesca (MGAP) y el sector citrícola trabajan en conjunto para reducir el uso de agroquímicos en todas las fases de la producción, lo que implica un proceso que va desde que se desarrolla una nueva variedad hasta que llega a la mesa de los consumidores.

Desde el momento en que se desarrolla una nueva variedad los investigadores de INIA pueden contribuir a reducir los agroquímicos que se usarán en toda la cadena. Mediante el mejoramiento genético trabajan para seleccionar cítricos que reúnen características de interés para el productor y para el consumidor, como ser la resistencia a enfermedades.

“No hay variedades perfectas, que tengan todas las cualidades. Y si las hubiera no serían rentables porque todos los productores las plantarían y la sobre oferta haría que bajen mucho de precio. Pero sí hay características que son necesarias y muy buscadas, por ejemplo, la resistencia a enfermedades. Es más, es determinante para que una variedad pase o no a una siguiente etapa cuando hacemos la selección en el campo. Y los productores también atienden a eso, porque un cítrico susceptible a problemas sanitarios les implica costos extra”, señaló el Ing. Agr. Fernando Rivas, director del Programa Nacional de Citricultura de INIA.

Una vez desarrollada la variedad, pasa por un meticuloso proceso de “desinfección” que se enmarca en el Programa Nacional de Saneamiento y Certificación de Citrus, liderado por INIA, el Instituto Nacional de Semillas y el MGAP. Esto permite que los productores accedan a plantas libres de enfermedades trasmisibles por injerto y evitar así su dispersión.

Luego el desafío continúa a nivel de campo. “Desde la investigación no trabajamos enfocados en el control de las enfermedades mediante el uso de fungicidas, sino a través de medidas que minimicen el riesgo de que ocurran los problemas sanitarios para no tener que usar tantos químicos”, enfatizó la Ing. Agr. Elena Pérez, experta en fitopatología de INIA.

La experta detalló que el instituto está estudiando el uso de barreras físicas naturales, como el pasto que hay entre las filas de cítricos o sembrando gramíneas y leguminosas que se cortan y colocan debajo de los árboles como cobertura, evitando que los hongos que sobreviven en el suelo lleguen a las plantas a través del viento o salpicaduras de agua. También trabaja en el desarrollo de un modelo predictivo para una enfermedad que causa lesiones sobre la fruta de forma de alertar a los productores y que apliquen los fungicidas solo cuando hay riesgo de infección.

Aportando al mismo objetivo, INIA investiga alternativas para el control de tres plagas de riesgo actual y potencial para la citricultura: la mosca de la fruta, el taladro de los cítricos y el HLB.

“El control de la mosca de la fruta requería de repetidas aplicaciones de agroquímicos. Por eso, en INIA empezamos a estudiar el trampeo masivo como opción sustitutiva y hoy los productores que lo usan pueden hacer un 70% menos de aplicaciones”, dijo el Ing. Agr. José Buenahora, investigador que lidera los estudios entomológicos en INIA Salto Grande. Esta herramienta consiste en colocar trampas con atrayentes alimenticios en el predio para capturar y matar las moscas y así reducir sus poblaciones.

Conjuntamente, el instituto está abocado al principal problema sanitario de la citricultura mundial que es el HLB, una enfermedad sin cura hasta el momento que ya se reportó en países vecinos como Brasil, donde generó daños muy severos, y en Argentina, pero que aún no se encuentra en Uruguay, donde sí está el vector que la produce, Diaphorina Citri. Ante esto, INIA asumió una actitud preventiva desde 2006 y entre otras alternativas comenzó a investigar el control biológico, es decir, insectos que operen como enemigos naturales del vector para bajar sus poblaciones.

Tras un extenso proceso que implicó el reporte del enemigo natural, un insecto llamado Tamarixia radiata, y el ajuste de su cría a las condiciones locales, en 2022 el instituto logró liberar los primeros 60.000 parasitoides producto del centro de cría situado en INIA Salto Grande.“Es un paso importante que involucró al MGAP, a la Universidad de la República y a los productores. Ahora estamos alistando la infraestructura que falta para poder realizar la liberación masiva en la próxima primavera-verano-otoño, con todo lo que eso implica”, dijo Buenahora.

Una vez que se arranca la fruta del árbol el reto para la citricultura es lograr que los productos lleguen frescos y en condiciones a destinos como Europa, Asia y Estados Unidos luego de entre 30 y 60 días de traslado. Estos mercados exigen bajos residuos y un número reducido de diferentes productos químicos, por eso todas las medidas que se hayan puesto en práctica desde el mejoramiento genético en adelante redundarán en menos problemas durante la postcosecha y, por lo tanto, menos uso de químicos para evitar el deterioro por enfermedades en el traslado.

“Para que las herramientas alternativas al uso de químicos funcionen mejor hay que pensar en medidas de manejo desde el campo para reducir las enfermedades que llegan a la planta de empaque. Antes se aplicaban casi seis o siete fungicidas en la postcosecha y hoy solo dos o tres, y cada vez menos. A la fuerza o por convicción, dependiendo de cada empresa, las aplicaciones han ido bajando de forma importante”, valoró la Ing. Agr. Joanna Lado, investigadora de Calidad y Postcosecha en INIA.

El trabajo del instituto en postcosecha se centra en dos grandes áreas. Una apunta al manejo integrado de las enfermedades de esta fase productiva que provocan que el fruto se pudra y la otra a reducir las manchas en la cáscara ocasionadas por las bajas temperaturas de almacenamiento. A través de la articulación con las empresas productoras, es posible poner en práctica estas líneas de investigación a nivel comercial, adaptando la tecnología y el conocimiento de INIA a las condiciones de cada una.

Mirando al futuro, los investigadores de INIA coincidieron en que, para mantenerse competitiva, la citricultura uruguaya va a requerir diferenciarse y la inocuidad será clave. “Siguiendo las tendencias, de aquí a 10 o 15 años la meta debe ser el producto cero residuos, pensando en el consumidor, en el ambiente y en los mercados. La competencia es grande, cada vez son más los países que producen y Uruguay es chico, por lo tanto, debe diferenciarse para que el producto que venda tenga mayor valor. Eso es lo que nos exigen los mercados y es lo que estamos haciendo desde INIA: investigar y generar soluciones para alcanzar un producto con valor agregado económico, ambiental y social”, concluyó Pérez.

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