Un toro que trabaja sobre vacas bien paradas no discute, la eficiencia aparece sola.

Ing. Agr. José Manuel Mesa Cacheiro | Lavalleja | Todo El Campo | En las sierras del este, donde los campos parecen latir junto a cada arroyo que baja del cristalino, la cría vacuna tiene un ritmo propio. No es la ganadería de los grandes potreros ni de las pasturas templadas: es una cría que se hace al ras del suelo, con los recursos que la naturaleza ofrece y el productor administra con la paciencia de un relojero.

El paisaje ayuda a entender todo. Son lomas pedregosas, campos naturales de oferta limitada, pasto que mejora con cada lluvia y se reduce en cada seca. Allí, más que en ningún otro lado, el sistema depende de un equilibrio fino: la vaca, el pasto, el tiempo y las decisiones que se toman. Cuatro actores que no siempre se ponen de acuerdo.

Y en ese escenario aparece el punto de tensión máxima: la época de entore.

No hay otro momento del año que reúna tanto riesgo y tanta esperanza.

El entore, en las sierras, es más que una fecha: es el resultado.

Todo lo que se hizo, o se dejó de hacer durante los once meses anteriores se refleja ahí. No importa cuántos días se recorrió, cuántas aguadas se arreglaron o cuántos alambrados se tensaron, la vaca habla con su condición corporal, y es una voz que no tiene excusas.

Una vaca que llega justa, apretada, sin reservas, marca el rumbo del año siguiente: preñez más baja, menos terneros, menos reposición, menos ventas, menos ingresos. En un sistema serrano, donde cada punto de preñez pesa más que un novillo gordo, esos errores se pagan caros y por largo tiempo.

En cambio, cuando el manejo acompaña, cuando se ordenó el rodeo, se planificó la carga, se hizo un destete a tiempo, se cuidó el estado, se manejaron con descanso los potreros, el entore deja de ser una amenaza para transformarse en un trámite natural. Un toro que trabaja sobre vacas bien paradas no discute, la eficiencia aparece sola.

Por eso decimos que, en las sierras, más que en otros sistemas, “nos jugamos la producción del año” en esos 60–75 días. No por romanticismo, sino por matemática pura. Lo que falte ahí no se recupera después; lo que se gane ahí, rinde todo el ciclo.

Al final, la cría en las sierras tiene esa mezcla tan uruguaya de humildad y resiliencia.

No presume. No promete. No se esconde.

Pero cada noviembre, cuando los toros entran al rodeo y el campo se endurece bajo el sol, vuelve a recordarnos algo muy simple: que en estos suelos duros la ganadería, es un pacto entre la vaca y el productor. Y que el entore, siempre es el momento en que ese pacto queda a la vista.

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