24 de abril de 2017
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Pedro Bordaberry 01 de setiembre de 2014

Valores. ¿Lo profundo o lo superfluo?

Pedro Bordaberry: buscamos "esa sociedad que proponía el hablar bien, el no referirse al otro como nabo o gil, sino como alguien que piensa distinto y que puede tener razón, aunque pensemos que no la tiene".

Montevideo-Pedro Bordaberry/TodoElCampo – El viernes pasado las cámaras empresariales del país me invitaron a hablar de educación. Había preparado una presentación con números, estadísticas, propuestas. Pero la noche anterior decidí hablar desde el corazón, desde lo que siento que nos está pasando, y dije esto que comparto con ustedes, lectores generosos de mis columnas.

La educación es el problema más urgente que hoy tenemos.

Está creando desigualdades. Solo 1 de cada 10 de los que nacen en los hogares más pobres termina el bachillerato mientras que 8 de cada 10 de los que nacen en los hogares más ricos lo hacen.

Esta expulsando a jóvenes en lugar de integrarlos.

Por ello felicito y agradezco a los que trabajan por ella y por su iniciativa de poner la educación en la agenda nacional.

Pero permítanme antes de hablar de educación, señalar cual es la peor consecuencia de lo que nos está pasando.

Estamos perdiendo los valores.

Esos valores que nos hicieron grandes como nación, como país, que construyeron al Uruguay.

El valor del trabajo, el valor de la honestidad, el valor de la familia, del respeto, de la tolerancia.

El valor de vivir en paz, del respeto por la autoridad que es eso, autoridad que todos debemos respetar, el respeto por la ley, por la norma, que no es otra cosa que el respeto por el otro, por la vida en sociedad. El respeto por el ambiente. Por la justicia.

No es solo que está decayendo nuestra educación.

Estamos perdiendo los valores de esa sociedad que conocimos hasta hace poco.

Esa que queremos recuperar.

Esa sociedad en que el que trabaja es felicitado y no castigado con impuestos.

Esa sociedad que no hace de la dádiva y el asistencialismo su política social sino que la construye a partir de la solidaridad y la formación. Porque la mejor   política social es el estudio y el trabajo.

Esa sociedad que respeta al vecino, a la mujer, al adversario político, al  deportivo, al del interior o al de otro barrio. No esa que de tanto en tanto, de vez en vez, levanta a uno contra el otro.

Esa sociedad que proponía el hablar bien, el no referirse al otro como nabo o gil, sino como alguien que piensa distinto y que puede tener razón, aunque pensemos que no la tiene.

La que escucha al otro, con respeto, y de esa forma logra consensos.

Esa sociedad que no fomenta la transgresión de normas, ni las justifica, sino que logra que todos, voluntariamente, las cumplan.

Esa sociedad que respeta al policía, al maestro, al director.

En que los buenos son los policías, no los delincuentes. Los que estudian y trabajan, no los que no lo hacen.

Esa sociedad que lucha por sus derechos, pero que sobre todo, sobre todo, habla de sus deberes y de sus obligaciones.

Porque estamos llenos de discursos sobre derechos y vacíos de deberes.

Una sociedad en que nosotros los políticos somos los primeros en hablar de nuestras obligaciones. Obligaciones de trabajar por nuestro empleador, el pueblo. 

Y en que debemos dar el ejemplo trabajando los 30 días del mes en el parlamento y no tan solo 18 días, como lo hacemos hoy.

En que cumplimos con la obligación de asistir a todas las sesiones del senado y diputados y de las comisiones que nos convoquen.

Con la obligación de dar explicación y rendición de cuentas publicas de nuestro trabajo en lugar de viajar a costa del estado.

Una sociedad en que se ponen en los cargos públicos a los mejores, no a los que fracasaron en el campo electoral.

Una sociedad que respeta la ley y la justicia, no que modifica las normas penales cuando se aplican a sus correligionarios.

Una sociedad en que el político es ejemplo de los ciudadanos. 

Una sociedad que debe volver a construirse sobre los cimientos de la honradez, la decencia, y que habla de contenidos. 

Esa es la sociedad, plena de valores, que tenemos que construir. Una que grite que ¡primero están los deberes, nuestras obligaciones como ciudadanos, y luego los derechos!

No la sociedad hipócrita de los que dicen cómo deben vivir los otros, mientras viven de otra forma. 

Una sociedad en que la solidaridad no se publicita ni se usa para conseguir votos sino para ayudar.

Esa sociedad que soñaban José Pedro Varela y su escuela, laica, gratuita, publica y obligatoria, Enriqueta Compte y Rique y su jardín de infantes, Figari y la escuela de artes y oficios, Batlle y Ordoñez y José Enrique Rodó y sus liceos departamentales, Grompone y el IPA, Pivel Devoto y la democratización de la enseñanza, y Germán Rama y sus escuelas de tiempo completo.

Esa sociedad en que el que estudia y se esfuerza es el primer ciudadano, el más valorado, el más respetado.

Esa sociedad en que vale el contenido, lo profundo, y no lo superficial, el envase. Esa sociedad en que derrotamos a los 140 caracteres.

Ese Uruguay que a partir de la educación debemos crear y que estamos perdiendo y que esperamos recuperar a partir del año próximo, con ustedes y todos los uruguayos que han tenido la feliz y necesaria iniciativa de poner en primer lugar a la educación.

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